domingo, 20 de noviembre de 2022

LOS CAFÉS: MORADA AL PASO DE INTELECTUALES. Por Fernando Cruz Kronfly. Presentación del libro Los Turcos de Cocoliso - Una Cali de los 80- . Octubre 20, 2022

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Gracias al generoso aporte y autorización del Autor 

y de los hermanos Sebastián y Mariana Valencia Sayin, 

publicó y difunde: NTC …Nos Topamos Con … 

http://ntcblog.blogspot.com * ntcgra@gmail.com . Cali, Colombia

“Navigare necesse est, vivere non necesse"

FLUCTUAT NEC MERGITUR

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AMPLIACIÓN Y COMPLEMENTO DE

NTC … 18 de noviembre de 2022

Los Turcos de Cocoliso - Una Cali de los 80- . Sebastián Valencia Sayín. Prólogo de Humberto Valverde. 1a. edición: Octubre 2022.

http://ntc-narrativa.blogspot.com/2022_11_18_archive.html

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LOS CAFÉS:

MORADA AL PASO DE INTELECTUALES


Por Fernando Cruz Kronfly


Páginas 235 y 155 del libro

 

Texto leído por el autor en el evento de presentación

del libro Los Turcos de Cocoliso - Una Cali de los 80- 

en la Librería Nacional (Sede Oeste), en Cali.

Octubre 20 de 2022. 6:00 PM 

 

Mariana y Sebastián Valencia Sayin, hijos de Estrellita y Alejandro Valencia y nietos de la gran Lucy Tejada, quien ha venido esta noche desde su escondrijo celestial a estar con nosotros, han publicado un hermoso libro que recoge la memoria del “Café de Los Turcos”, en Santiago de Cali. Memoria de la que ellos mismos y algunos de nosotros hemos hecho parte. Me considero egresado de ese café que, por supuesto, todavía existe pero que hace rato dejó de ser el que fue. Nos hemos reunido entonces a celebrar un libro que narra la historia de un lugar que existió, que todavía sigue estando ahí, pero que al mismo tiempo deja ver el abismo de lo que desapareció. 

 

 

Mariana y Sebastián Valencia Sayin, hijos de Estrellita y Alejandro Valencia

 y nietos de la gran Lucy Tejada, quien ha venido esta noche desde su escondrijo celestial a estar con nosotros …

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Estrellita Sayin, Alejandro Valencia Tejada y la gran Lucy Tejada

Retratos tomados del libro, páginas 203, 85 y 81

 

Cada ciudad, cada aldea en el mundo tiene la virtud de inventar su propio lugar de reunión de los intelectuales, hombres y mujeres de libros y escrituras que vienen a encontrarse con sus amigos sin haber concertado previamente una cita. Esta falta de cita es parte esencial de un café de intelectuales. Para que ocurra esto, basta que dos o tres poetas se reúnan no se sabe por qué en cierto café unas cuantas veces. A partir de ese momento es como si el café por sí mismo empezara a convocar, a llamar a los intelectuales con una fuerza mágica que los hace venir al encuentro como sonámbulos perdidos en la noche del mundo, en busca del encanto de la camaradería. Tampoco se sabe cómo la noticia se vuelve de dominio público, pero con los días brota del café una fuerza hipnótica capaz de traer a las mesas próximas, gente de diversas condiciones que quieren estar cerca no sólo del aura que cubre a los intelectuales, sino del misterio sin repudio de sus ropas descuidadas, barbas con restos de sopa, ademanes a veces impostados y extrañas conversaciones. De repente un poeta escribe en una servilleta y se riega la noticia de que por ahí anda la barba y la mirada extraviada de Tomás Quintero.


Existe un inventario de los cafés de intelectuales más famosos del mundo. El Café de los Turcos no se encuentra en esa lista porque allí nunca vinieron a sentarse Camus, Sartre, Pessoa o Dalí. Pero esto, siendo cierto no es cierto, puesto que ellos sí vinieron a estar con nosotros mediante sus libros y sus obras a la sombra de nuestros brazos. Son poco más de 70 los cafés más famosos del mundo en las agendas turísticas, huérfanos hoy de aquellos intelectuales ya muertos, pero donde en primavera o en verano no cabe un turista más en busca de aquel espíritu. En el No. 172 del Boulevard Saint Germain, en París, despacha todavía el “Café de Flore”. Simone de Beauvoir, Sartre y Camus fundaron allí el existencialismo. Desaparecidos ellos, este lugar, así bautizado por su dueño en memoria de Flora, diosa de la mitología romana que daba inspiración a las flores, fertilidad a la primavera, miel a los hombres y flores a las abejas, aún pervive. Pero hoy, este café despacha apenas como un museo de inteligencias desaparecidas provisto de mesas para turbas de turistas que desean acomodarse a tomar un café o una cerveza en los mismos asientos donde un día vino a conversar y pensar en voz alta o en silencio profundo la vanguardia intelectual de París.


El pensamiento de los intelectuales del mundo también vino con nosotros al “Café de los turcos”. Nos acompañó mientras bebíamos aguardiente y devorábamos los encebollados, el tahini y las berenjenas.  Pero el “Café de Flore” no fue el único frecuentado por los intelectuales de París. Hubo otros de igual o mayor alcurnia, todos ellos hoy huérfanos de aquellos pensadores y poetas que les dieron su impronta y su modo de ser lo que fueron. Sin embargo, los jóvenes que sienten necesidad de iniciarse concurren a potenciar de manera imaginaria y casi mágica su inspiración, mediante la fuerza de aquellas presencias de un día, tanto como a beber el elíxir de aquella sustancia intelectual por medio de su cercanía y contigüidad. Igual que las mujeres ancestrales debían dormir al lado de las semillas, para mediante esta proximidad contagiarlas de su inquietante y escondida fertilidad.


En fin, estamos en el libro que narra la historia del Café de los turcos de Mariana y Sebastián Valencia. Pero si echamos una mirada a Buenos Aires encontramos el “Café Tortoni”, fundado según registros en 1858 y de una de cuyas pequeñas mesas un día trajimos un mantel de papel que hoy cuelga enmarcado en uno de los muros de nuestro apartamento; el “Café de los Angelitos”, morada al paso de Carlos Gardel; el “Café de las ocho esquinas”, visitado por Aníbal Troilo y Homero Manzi; el “Coleccionista”, frecuentado por Roberto Artl y “La  biela”, lugar de confluencia de Borges, Bioy Casares y Facundo Cabral. Allí un día vine a sentarme, a contagiarme de la misma magia que ya se fue, lugar hoy en día convertido en apenas un restaurante. Igual sucedió con el Martinho de Arcada, en Lisboa, frecuentado por Fernando Pessoa y sus amigos, en la actualidad especializado en comida chatarra con vista al río Tajo con su historia y su ensueño en las pinturas entre la niebla de Fernando Peláez.


En la bella Lisboa despacha todavía el “Café a Brasileira” en el corazón del Barrio El Chiado, morada al paso también de Fernando Pessoa del brazo de sus heterónimos. En una de las mesas del “Café de los turcos” leímos un día su hermoso poema “Aniversario”. Se trata de algo que siempre hay que volver a leer.  Fui al barrio El Chiado una tarde en ascensor. Pero, no exactamente bajo los efectos del vino verde, sino de pura verdad. Pues ocurre que para subir de un barrio bajo al otro en lo alto, ha de tomarse un ascensor construido por Gustave Eiffel, el mismo de la célebre Torre de París. Después de semejante experiencia, el visitante de estos lugares puede estar seguro de que ha caminado por la inigualable Lisboa. Pessoa, quien fundó en el “Café a Brasileira” con sus amigos la revista “Orpheu”, órgano del movimiento modernista literario portugués, no existe más. Pero, en su reemplazo, a la entrada fue instalada una horrible estatua de Pessoa. En primavera, los turistas se hacen fotografías abrazados al poeta. A esto quedó reducido aquel café. 


Quien haya leído “El callejón de los milagros”, recordará la importancia que en esta novela del Nobel egipcio Naguib Mahfuz, alcanzó el café donde se reunían los intelectuales que recorrían la calle de Midak.  Mahfuz no frecuentó el Café de los Turcos, a pesar de hablar árabe y poder conversar de los viejos tiempos con Estrellita Sayin. Pero recuerdo bien que el egipcio estuvo con nosotros el día que leímos un capítulo de su novela, dormidos pero hablantes, doblados encima de una de aquellas mesas junto al mostrador. La atracción del café de la novela de Mahfuz provenía de un radio que narraba a los contertulios las noticias del mundo desde una repisa en lo alto colgada de un muro con radio y todo. Tal vez este café de la novela sea el mismo “Café Fishawi”, o “Café de los espejos”, en El Cairo viejo, que carga hasta hoy con la fama de que sus espejos recitan literatura.


He debido pasar por un lado de la “Bodeguita del medio”, en Cuba. En México, rápidamente por el “Café-Bar de la Ópera”, fundado en 1876 y visitado por Pancho Villa. En cuyo cielo raso pudimos ver un día las perforaciones que este hombre extraño hizo con sus balazos durante sus borracheras a lo mero macho. Iba allí también Porfirio Díaz. Y, con el tiempo Carlos Fuentes, Carlos Monsivais, José Luís Cuevas, Gabriel García Márquez en sus épocas mexicanas, y Octavio Paz. Allí estuvimos una noche de tacos y tequilas en compañía de Mario Rey y Eduardo García Aguilar.


En Colombia han abundado los cafés, morada de intelectuales y poetas. Entre ellos el “Café de los turcos”, emblema de la ciudad y objeto del libro que hoy celebramos, de Mariana y Sebastián.  Cada capital, cada ciudad intermedia, cada aldea incluso han prohijado un lugar público para que los poetas, los hombres y mujeres de libros lectores "inútiles" vengan a hacer lo que parece nada. Basta que un puñado de bohemios trasnochadores barbados asista habitualmente y sin acuerdo previo a charlar en estos lugares, para que pasen a convertirse en café morada al paso de intelectuales. En Barranquilla “La Cueva”, lugar fundado, según registros, en 1954. Morada bohemia al paso del catalán Ramón Vinyes, José Félix Fuenmayor, Gabriel García Márquez, Cepeda Zamudio, Germán Vargas y otros. García Márquez no frecuentó jamás el “Café de los turcos”, pero cuántas noches vino a sentarse con nosotros mediante sus cien años de soledad y el otoño de su patriarca. En “la Cueva”, de Barranquilla, puede verse todavía una nevera desconectada y sin frío  llena de libros. Cuando el visitante perplejo se queda mirando esto, puede estar seguro de que ha llegado a Colombia y que, además, se encuentra en Barranquilla. No es difícil entender este absurdo, porque como ocurre con todos los absurdos, existe siempre una razón a oscuras. Ocurrió que un día pagaron a José Félix Fuenmayor con neveras una deuda arcaica. Entonces el hombre resolvió llevarse un ejemplar de estas neveras a “La Cueva”, para allí guardar libros a modo de biblioteca al clima. De esta manera el absurdo se torna lógico y transparente, sin por esto correr el peligro de perder su absurdidad.

 

No puede faltar una visita a Santafé de Bogotá. En el “Café Pasaje” se reunían los políticos cultos, ilustrados y de principios que, aunque parezca cosa de no creer, existieron un día. Por los días de mi viaje a Bogotá a cursar mis estudios universitarios, tuve conocimiento de la existencia del “Café automático”. Ocho días después de bajar del tren, salí a caminar por la séptima. Tenía frío y miedo. De repente me encontré caminando detrás de un viejo barbado que resultó ser León de Greiff. Iba él comiendo galletas que sacaba del bolsillo de un saco ajado y sucio y yo de veinte años detrás. Al llegar a la esquina de la Jiménez el poeta hablando a solas dobló hacia los cerros. Y entró al Café, el famoso automático. Tomé asiento en una mesa próxima y me puse a fingir que leía a Pascal, en una pequeña edición de los tiempos de la república española. Con apenas las monedas para un café pedí una taza. La llegada del poeta de Greiff produjo algarabía en su mesa. Es cierto que León de Greiff jamás vino al “Café de los Turcos”, pero estuvo allí sentado con nosotros las veces que declamamos a gritos “La canción de Sergio Stepansky”. Pude conocer en aquellos tiempos lo que se define como camaradería.


Días más tarde, en Bogotá, descubrí el “Café el Cisne”, morada al paso de los nadaístas, vanguardia literaria de aquellos tiempos.


En Santiago de Cali también hubo una morada bohemia para los intelectuales de un día. Me considero egresado de ese café-morada nuestra, que puso una señal de fuego a nuestras vidas alrededor de utopías compartidas. Ignoro si esa especie extraña de los intelectuales todavía existe. Una mujer bruja me juró que no. Algo me dice que se encuentra en desaparición en el mundo y, por qué no, en los alrededores, debido en parte a la bancarrota de las utopías y la hegemonía de vivir la vida en tiempo presente. Vaya y venga, los tiempos llegan tan fácil como se van. Este hermoso libro, publicado por Mariana y Sebastián Valencia Sayin, a quien de niño rodando como un balón entre las mesas conocimos como Cocoliso, recoge la memoria de este memorable café, memoria que al mismo tiempo transparenta la pena de la desaparición de lo que fue. 

 

Santiago de Cali, octubre 20 de 2022

 

Página 235 del libro ( http://ntc-narrativa.blogspot.com/2022_11_18_archive.html )

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Evento de presentación del libro

en la Librería Nacional (Sede Oeste), en Cali.

Octubre 20 de 2022. 6:00 PM

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 Umberto Valverde, Mariana Valencia Sayin, Fernando Cruz Kronfly y Aura Bustamante (Lib. Nacional)

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Sobre el libro

Allí, mediantes ENLACES, se incluyó este texto de Fernando Cruz Kronfly

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También , en versión pdf, en  : https://drive.google.com/file/d/1B0QUCQdLMCxIlZdero2ftbl0fl5i1HDG/view ,

gracias al generoso aporte y autorización del Autor 

y de los hermanos Sebastián y Mariana Valencia Sayin, 

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“Navigare necesse est, vivere non necesse"

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