sábado, 11 de noviembre de 2023

De nuevo “La Vorágine”. Por CARLOS MARTIN. Revista Aleph No. 64 (enero/marzo, 1988); pp. 5-12. Documento recuperado ...

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Viene de y complementos a:   

  NTC… 3 de noviembre de 2023

José Eustasio Rivera. LA VORÁGINE. UNA EDICIÓN COSMOGRÁFICA. Margarita Serje y Erna von der Walde. Editoras académicas. Ediciones Uniandes. 409 Páginas . Enero 2023. NTC ... Registros

https://ntc-narrativa.blogspot.com/2023_11_03_archive.html  

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NTC… 5 de noviembre de 2023

LA VORÁGINE. JOSÉ EUSTASIO RIVERA. CENTENARIO, 1924 -2023. NTC ... REGISTROS

 https://ntc-narrativa.blogspot.com/2023_11_05_archive.html 

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* Gracias al generoso aporte y autorización del

Humanista Carlos-Enrique Ruiz,

Fundador (1966) y Director de la Revista Aleph,  

publicó y difunde NTC … Nos Topamos Con 


 







http://ntcblog.blogspot.com  ntcgra@gmail.com . Cali, Valle, Colombia

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11 de noviembre 11 de 2023

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De nuevo “La Vorágine”

CARLOS MARTIN

Revista Aleph No. 64 (enero/marzo, 1988); pp. 5-12.

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De nuevo “La Vorágine”

CARLOS MARTIN

Revista Aleph No. 64 (enero/marzo, 1988); pp. 5-12.

 

Es oportuna la consideración del sitio destacado que ha llegado a merecer el autor de "La Vorágine" como uno de los tres grandes precursores del actual renacimiento de la literatura continental, cuyos nombres resumen en sí el movimiento de liberación cultural del nuevo continente posterior aunque paralelo al de la independencia política que culminó en 1898, cuando, después de la guerra de Cuba, en virtud del Tratado de París, España abandona sus colonias americanas. Esos tres grandes adelantados de la cultura latinoamericana son: un pensador, un poeta y un novelista. Martí, Darío, Rivera. No por sorpresiva la presencia del último en el valioso trío, es menos justificativa y reveladora de un comprensivo criterio sobre el panorama literario del continente y de sus figuras claves.

Rivera fue el primer narrador americano que comprendió el llamado de Martí en el sentido de transformar la historia de América en la más bella de las novelas. Hasta entonces, ningún novelista había sabido dar vida auténtica al hombre del nuevo mundo, dentro de su propio ambiente, para expresar, a la vez, el testimonio sobre la verdad americana. Abundan los resucitadores de Natchez, a lo Chateubriand, los conocedores de las recetas realistas a lo Balzac, los analistas de las aristocráticas adúlteras a lo Bourget. La Vorágine de Rivera, publicada en 1924, fue la primera decisiva reacción contra el cuadro narrativo como elemento documental o motivo de exotismo para halago del gusto del lector europeo. Fue la primera gran novela americana que integró, en ambiente adecuado, autóctono, una intriga humana de real y descarnada vida americana para desentrañar, más allá de una anécdota dramática, una realidad específica. No obstante ser obra escrita con destino a sus compatriotas y no a un público cosmopolita, ella es la primera gran novela donde América Latina se contempla con autenticidad y constituye un texto clave de necesaria lectura antes de seguir adelante en la exploración de las literaturas americanas contemporáneas. Se ha considerado, no sólo brillante y original, sino también, la más sorprendente por la libertad y audacia con que ha sido concebida.

Los dos temas fundamentales que sustentan la novela y que habrían de ser, luego, los de mayor trascendencia en toda la literatura americana, fueron vividos intensamente por Rivera antes de escribir La Vorágine, esos temas son: la lucha cósmica del hombre contra una naturaleza emponzoñada y cruzada de peligros, "sádica y virgen", como dice el protagonista, en que todo lo humano parece a punto de ser devorado por las fuerzas naturales como en los primeros tiempos del mundo y, en segundo término, la lucha contra la explotación del hombre por la codicia inhumana de comerciantes aventureros que aprovechan los diabólicos secretos de la naturaleza para el sometimiento y el despojo de los trabajadores desvalidos.

Así, pues, comprendemos cómo La Vorágine, al fin, tiene la prelación en la célebre trilogía narrativa integrada por ella, Doña Bárbara, de Gallegos y Don Segundo Sombra, de Guiraldes.


Las tres poseen una honda conciencia americana y enfocan la realidad sin hacer abstracción de los problemas económicos y políticos.

Varias veces se ha preguntado la crítica si “La vorágine” es una verdadera novela. Abundan las opiniones contradictorias. Es la epopeya del mundo tropical americano; es un documento narrativo sociológico, dicen; es el poema de los llanos y las selvas amazónicas, escrito con emoción romántica y vocabulario de fibra impresionista; es un lírico alegato en defensa de las clases trabajadoras; son páginas autobiográficas, noveladas, carentes de organización en la trama; es una mezcla de relato autobiográfico, polémico, lírico, épico, en lenguaje irregular y frondoso; Sanín Cano le reprocha la dispersión y languidez en el relato de los sucesos.

En los últimos tiempos, no obstante, se han escrito trabajos encaminados a la comprensión de la coherente y compleja estructura de La Vorágine, en que se analizan las actitudes del narrador frente a la narración, frente al mundo y frente al lector y se presenta un cuadro de los varios narradores que se encuentran en la novela señalando sus funciones en relación al modo narrativo en su totalidad.

Mediante esos trabajos, se pone de presente la inexplicable incomprensión, durante muchos años, de la estructura de La Vorágine, como novela y, a la vez, la aceptación admirativa como expresión autóctona de un nuevo mundo emergente, creación en que el contenido y la forma, el ser y el verbo, son profundamente americanos.

A su comprensión no eran suficientes afirmaciones y puntos de vista en que se ha insistido sobre la identificación de la presencia del hombre con la ebullición de la selva, con las fuerzas frenéticas que se agotan en su violencia. Es cierto que en esas páginas fue captada, en su significado humano y en su tono específico, la angustia en que se embisten todos los impulsos de América por hallar su identidad y su destino.

Se han estudiado los caracteres de los personajes, algunos, exclusivamente regionales: el Coronel Funes, la madona Zoraida, el Cayeno, etc. Otros, han tenido explicación y relieve como Franco, el hijo del llano, calculador y sensato; Helí Meza, temerario, capaz de heroicas decisiones; Barrera, oportunista, afeminado, ambicioso, maligno.

Se ha destacado el talento de Rivera en la creación de caracteres femeninos: Griselda, Zoraida, Alicia, por cierto que concebidos a considerable distancia de las heroínas románticas a la manera de Graciela o de María. Gentes en ambiente de violencia y de sangre, productos del llano y de la selva, como los tigres, las serpientes o las garzas.

La cuidadosa valoración de los dos principales personajes, los más convincentes y mejor trazados, Arturo Cova y Clemente Silva, señalan rumbos de acercamiento a la intención estructural de la novela. Ellos representan, con mayor dramatismo anímico, una realidad universal y específicamente humana. El primero, nos da testimonio de su carácter al principio del relato: "Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia". \

Sabemos a qué atenernos: héroe rebelde, irresponsable, noble, idealista y, a la vez, no exento de sanguinarios impulsos de egoísmo y de venganza.


Nada limita la libre manifestación de sus instintos. El misterio es inherente a la realidad bajo el dominio del instinto. En contraste, juega la extracción del hombre culto, del poeta, excesivo en su lirismo bajo el influjo de un ambiente bárbaro.

Pero ese vicio tan nuestro: lirismo grandilocuente y quejumbroso -presente para que lo americano adquiera insuperable lealtad en La Vorágine- no debe atribuirse a José Eustasio Rivera, como lo han hecho, con énfasis, numerosos críticos y comentaristas -Torres Rioseco, Eduardo Castillo, Marinello, Nieto Caballero, Maya, etc.- sino a uno de sus personajes, el principal, por cierto, quién habla y actúa independientemente, de acuerdo con los rasgos de poeta y el aventurero que lo conforman.

El segundo personaje, a que nos referimos, es Clemente Silva, viejo lamentable, perdido en busca del fantasma del hijo muerto, encarnación del destino de tragedia que pasa como un lamento por el escenario de la selva delirante. Al principio de la tercera parte de la novela nos sorprende la identificación de la palabra de Silva con la entonación lírica de Arturo Cova. No tenemos porque perdonarle a Rivera, como dice Marinello, los momentos de lamentable retórica, con la comprensión del que descubre un pecado de familia. Rivera tuvo buen cuidado de advertir que no debe confundírsele con sus personajes. El, únicamente, es el autor de un breve prólogo-carta y de un breve epílogo, en forma de telegrama, dentro de los cuales queda enmarcada la novela. Desde la carta-prólogo, afirma que entrega un manuscrito de un tal Arturo Cova en el cual respeta "el estilo y hasta las incorrecciones del infortunado escritor..."

Ya, desde un principio, cabe la distinción de Rivera, autor de la carta, que indica no conocer el final de la historia de Cova, frente al Rivera creador de la novela que sabe lo que ocurrirá. Clara es la voluntad del autor de no interferir hechos ni opiniones de sus personajes. Lo mismo que Arturo Cova, otros personajes que se suceden a lo largo de la obra, narran sus peripecias y pensamientos en primera persona. Cada cual es responsable de su confesión y de su particular visión del mundo. Ninguno de los personajes puede ser identificado con Rivera, autor. Otra cosa es afirmar que en diversos personajes de La Vorágine, puede haber rasgos de su autor.

Después del Rivera del prólogo y del epílogo, el segundo, más importante narrador y principal protagonista, es Arturo Cova.

Como los otros narradores, Cova, cuenta lo vivido y lo visto, pero, además, da cuenta de lo testimoniado por los actores y los testigos de lo acaecido en que no estuvo presente.

Este personaje, responsable de sus actos, de sus pensamientos, de sus palabras, no empieza su relato desde cuando sale de Bogotá, en compañía de Alicia, sino posteriormente, poco tiempo antes de encontrar a Alicia y a Griselda que han huido con Barrera, cuando escribe sus memorias para Ramiro Estébanez con intención ejemplarizante mediante el relato de su desastrosa experiencia: "Va para seis semanas que, por insinuación de Ramiro Estébanez, distraigo la ociosidad escribiendo las notas de mi odisea... No ambiciono otro fin que el de emocionar a Ramiro Estébanez con el breviario de mis pasiones y defectos, a ver si aprende a apreciar en mi lo que en él regateó el destino...".

 

Lecturas Dominicales EL TIEMPO, Bogotá, Colombia. Febrero 14, 1988. Pág. 4**


Su propósito, no obstante, se transforma por fuerza de la vida violenta, del ambiente primitivo, de la voracidad de la selva. Su narración se amplifica y se divide, reproduce -o enmarca- relatos de otros personajes. Al ceder la palabra, la narración adquiere el lenguaje diferente y la propia visión de la vida y del mundo del que habla. En la palabra de El Catire Helí Mesa se advierte la diferencia peculiar de otra sensibilidad.

Nos cuenta cómo huyó de Barrera y de los caucheros y, luego, intercala el cuento fantástico de la indiecita Mapiripana en que adquiere relieve el embrujamiento de la selva.

El siguiente personaje, de mayor importancia, que toma la palabra es Clemente Silva, con otra interpretación de la selva y del hombre que desemboca en protesta social y en acusación contra la injusta explotación de los trabajadores del caucho.

Silva, centinela del temible Cayeno, famoso por su crueldad, es un lamentable viejo colombiano que anduvo errante durante años, en busca de su hijo cuyos huesos conserva, ahora, celosamente en espera de darles cristiana sepultura. Conmovedor es el relato de la historia de su hijo dentro del cual se cuenta lo sucedido a Balbino Jácome.

Al iniciar la tercera parte, quien habla con lirismo y elocuencia es Arturo Cova pero a nombre de Clemente Silva de quién aprovecha la experiencia conformando el relato a la necesidad de la exaltación poética de la selva y de la rebeldía personal, en identificación con lo vivido y lo sentido por Silva.

Dentro de ese mismo relato de Cova, otro narrador, Ramiro Estébanez, nos presenta otra dimensión del sentido miserable y trágico de la selva. El cuadro que presenta de los hechos de sangre de Funes, ilustra la abyección y el fracaso a que lo somete el implacable mandato de la selva que, según dice, persigue a cuantos la explotan, los aniquila, los retiene, los llama para tragárselos... Como ésta, hay otras narraciones menores, de diferente extensión e importancia, como la de Correa a quién informa Helí Mesa del infortunio de Franco; la del Pipa y la continuación de la de Silva, en la tercera parte de la obra.

Todas las narraciones presentadas en forma directa, por Cova, como intermediario, amplían la información y el conocimiento del narrador en extensa y honda gama de aspectos que no son del dominio de su experiencia personal.

No es cierto, como afirma amplio sector de la crítica, que la multiplicación de narraciones secundarias desintegra la unidad de la acción novelística. Todas conservan interdependencia en función del narrador principal que es Cova. Todas contribuyen con experiencias y enfoques diversos, a formar una ambiciosa y rica visión de conjunto de la vida y del mundo -entraña y pulso de América- que se quiso y se logró recrear felizmente.

A la elaborada disposición narrativa de La Vorágine, coadyuvan, además de la diversidad de enfoques, la división en tres partes que corresponden a las intencionadas etapas del viaje de Cova y sus compañeros. Primero, en los llanos de Casanare, luego, en la selva embrujada, bárbara, devoradora y por último, en las barracas inhóspitas del Guaracú y en Yaguanarí.

Coadyuvan las formas que adopta el viaje de Arturo y Alicia con motivo típico de la obra: una FUGA hacia los Llanos de Casanare; una PERSECUS1ON de Cova, traicionado, en busca de Alicia que culmina con la muerte de Barrera y, por último, el REGRESO, truncado en cruel desesperanza. Ese anhelo de regreso, después del orgullo herido, del deshonor, del deseo de venganza y, aún de la pérdida de amor por Alicia, tiene explicación -en lucha con la selva y con su egoísmo- en el pensamiento de la proximidad del nacimiento de un hijo, pensamiento que lo lleva al recuerdo de la madre y enciende el sentimiento paterno que lo impulsa hacia el regreso, en busca de los dos. Pero es tarde. El regreso no se cumple. Se adelanta la selva devoradora.

En resumen, es oportuno afirmar que no hay duda en cuanto a la elaborada y compleja técnica que sustenta la estructura de la novela. En cuanto a la variedad y riqueza de personajes y de situaciones en función de la unidad de lugar y de hombre americanos. En cuanto a la novedad del dramatismo realista, al par con los poderes misteriosos de la selva que inaugura, con violencia autóctona, el realismo mágico de la posterior narrativa hispanoamericana. En cuanto a la independencia psicológica y expresiva de los personajes: aventureros, indígenas, trabajadores, explotadores, criminales o poetas, en especial la de Cova, aficionado a la literatura, protagonista móvil, de cambiante psicología y narrador múltiple, frente al autor de la novela, José Eustasio Rivera, con quien tampoco debe confundirse el Rivera redactor del prólogo y del epílogo quien dice no saber el final de la historia de Cova.

En cuanto a la variedad de enfoques que, a través de diversos caracteres y sensibilidades, integran una visión abarcadora de un mundo tropical, exuberante, embrujado y violento, en su proceso cíclico, dramático, de creación-destrucción, que justifica actos y palabras de enajenación y arrebato lírico. No en vano ese mundo es el del tercer día de la creación. 

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* Gracias al generoso aporte y autorización del

Humanista Carlos-Enrique Ruiz,

Fundador (1966) y Director de la Revista Aleph,  

en https://ntc-narrativa.blogspot.com/2023_11_11_archive.html

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11 de noviembre 11 de 2023

 

Publicó y difunde NTC … Nos Topamos Con … 

A los 13 días de cumplirse los 99 años de la publicación de

“La vorágine” de José Eustasio Rivera (1888-1928), el

24 de noviembre de 1924.

 

Y habida cuenta que el  

Ministerio de las Culturas, las Artes y Los Saberes

de Colombia anunció la declaratoria de

2024 AÑO “LA VORÁGINE”

para celebrar el Centenario de su publicación

https://ntc-narrativa.blogspot.com/2023_11_05_archive.html

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NTC … COMPLEMENTACIONES Y ENLACES

A noviembre 11 de 2023 


** Gracias a la imagen de “Lecturas Dominicales EL TIEMPO, Bogotá, Colombia. Febrero 14, 1988. Pág. 4” que se incluyó en la publicación del ensayo de CARLOS MARTIN en Aleph 64,  NTC … se dio a la tarea de  encontrar  la edición completa de Lectura Dominicales  de EL TIEMPO de Febrero 14, 1988, en los archivos digitalizados y disponibles en internet (En un acuerdo con Google) de este periódico los cuales los cuales se inician en  1911 hasta la fecha. 



Como maravilloso resultado se obtuvo la publicación y el acceso a Lecturas Dominicales  de EL TIEMPO de Febrero 14, 1988 , en


https://news.google.com/newspapers?nid=N2osnxbUuuUC&dat=19880213&printsec=frontpage&hl=es 


en las páginas 79 a 83. Para vista y lectura, las páginas en esta web se pueden ampliar. Aquí se presentan “pantallazos” en vista reducida.   


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Sobre CARLOS MARTIN

 CARLOS MARTIN

Chiquinquirá, 1914

Tarragona, España, 13 Diciembre 2008. 94 años.

 

MEMORIA Y HOMENAJE de NTC ...

Carlos Marín

 NTC … 21 de diciembre de 2008

CARLOS MARTÍN. 1914– Diciembre 13, 2008.

https://ntcpoesia.blogspot.com/2008_12_21_archive.html

 El último piedracielista

De los integrantes del grupo poético Piedra y Cielo, del cual hicieron parte Arturo Camacho Ramírez, Tomás Vargas Osorio, 

Gerardo Valencia, Darío Samper, Eduardo Carranza, Jorge Rojas, Antonio Llanos y Aurelio Arturo.

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Sobre la Revista ALEPH (1966-2023- … -…

https://www.revistaaleph.com.co/

 

Sobre su Fundador (1966) y Director

Humanista Carlos-Enrique Ruiz

https://www.facebook.com/profile.php?id=100008470891577

https://ciencia-y-humanidades-ntc.blogspot.com/2023_09_02_archive.html


Revista Aleph No. 207
(Octubre/Diciembre, 2023.
¡Año 57!)

Ilustraciones de carátula e interiores:
Lucía Páez-Moreno

Acceso libre a la edición completa en pdf: 

Ver Aquí

 

* Gracias al generoso aporte y autorización del

Humanista Carlos-Enrique Ruiz,

Fundador (1966) y Director de la Revista Aleph,  

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