miércoles, 17 de julio de 2019

Diversidad de la literatura chocoana. Por Alfonso Carvajal Rueda. El Manduco*, julio 13, 2019. Quibdó (Chocó, Colombia). NTC ... Registro

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Diversidad de la literatura chocoana

Por Alfonso Carvajal Rueda*, carvajalrueda@hotmail.com



El Manduco**, julio 13, 2019. Quibdó (Chocó, Colombia)
https://elmanduco.com/2019/07/13/diversidad-de-la-literatura-chocoana/

Más que una panorámica el siguiente ejercicio es una selección: una selección de cuatro escritores nacidos en el Chocó. En principio quiero hablar de dos antecedentes. Uno es la invisibilidad, y el olvido, en que está la literatura chocoana en ya casi la segunda década del siglo XXI. La falta de divulgación, de una política cultural y editorial, del Estado y también del ámbito local, más la ausencia de una crítica literaria constante y seria y el bajo número de lectores que hay en nuestro país ayudan conjuntamente a ignorar esta literatura vigorosa, diversa, y que en algunos casos ha marcado diferencia en la narrativa colombiana contemporánea.
El otro antecedente es la fuerza de la literatura oral en el Chocó y en todo el Pacífico colombiano. Allí está el tesoro de las nuevas generaciones de escritores. En reconocer ese legado y llevarlo al campo de la memoria y la ficción: a través del texto histórico o literario. En literatura oral hay que reivindicar el enorme trabajo del maestro Miguel A. Caicedo, especialmente en su obra Del sentimiento de la poesía popular chocoana, recopilación que reúne la chispa y picardía de anónimos bardos raizales de finales del siglo XIX y principios del XX, en décimas, coplas, decires y cantares.  Patrimonio cultural que debe ser guía vital de los escritores, profesores y lectores del departamento.
Lo oral se ha vinculado al folclor, a un cuadro de costumbres y al terreno de la antropología. Y con la literatura se dará el paso al mito y a la ficción. A crear memoria escrita.
Voy a hablar de cuatro escritores y no de una literatura en particular. La buena literatura rebasa los espacios sociológicos y geográficos. En este sentido nos acercaremos a cuatro creadores, a cuatro lenguajes y maneras distintas de ver el mundo, que tienen en común su lugar de origen, y por supuesto, la literatura.

REINALDO VALENCIA es un escritor de culto. Nació en Quibdó el 15 de octubre de 1891. De origen blanco, le apasionaron desde muy joven el periodismo y la literatura. A tal punto, que en 1910 trajo una imprenta desde Nueva York a Quibdó, para difundir los acontecimientos culturales y políticos de su época en el periódico ABC, y publicar sus propias obras. Es decir, además de escritor fue un divulgador de cultura.
Según Luis Eduardo Nieto, Valencia fue uno de los más jóvenes miembros de la generación del Centenario. Jefe político liberal de su región, fue congresista de la República. Fuera del periódico ABC que tuvo 25 años de vida, fundó la revista Prosa y verso, en la cual colaboró el poeta nicaragüense Rubén Darío, y que también reprodujo traducciones de algunos poetas franceses del siglo XIX a cargo de Guillermo Valencia.
Entre sus obras se destacan Apostillas históricas, que relata literariamente el pasado del Chocó hasta principios del siglo XX; La cuna de Jorge Isaacs, donde plantea en una investigación minuciosa que el autor de “María” nació en Quibdó, y no en Cali. Este libro desató una intensa polémica en el Valle del Cauca y el prólogo es de uno de los traductores y críticos más significativos de Colombia: Baldomero Sanín Cano. En uno de sus apartes Sanín Cano dice: “Además de su mérito como obra histórica, el trabajo del señor Valencia se recomienda literariamente por razones de claridad, método, sobriedad y corrección del lenguaje”.

La obra de Valencia que vamos a explorar es Río abajo, publicada en 1920, con prólogo de un joven Eduardo Santos. Este libro que reúne crónicas, ensayos y cuentos, está escrito en una prosa pulcra, alejada de efusiones líricas tan comunes en su tiempo, donde la retórica era un lugar común, debido a la influencia del modernismo en Hispanoamérica.
Algo virtuoso de este libro, creado en mitad de la selva, es que rompe una visión localista, y nos acerca a una visión más extendida del mundo. Valencia es un escritor moderno y nos habla de la Primera Guerra Mundial, de los poetas franceses del siglo XIX, y de la vida cotidiana de Quibdó, con sapiencia y en un lenguaje sencillo, elegante y escueto.
Para finalizar este breve recorrido por Valencia, leeré un fragmento del ensayo “La novela”, en el cual vislumbramos una visionaria capacidad reflexiva con relación a la poesía y la novela que se hacía en nuestro país en la década del 20, y cómo algunos de sus puntos de vista siguen aún vigentes. Inspirado en una crítica del ironista Armando Solano, Valencia escribe:
“Ni la novela, ni el drama han logrado descollar en Colombia. La primera menos que el segundo, -haciendo excepción de la casualité de “María”, obra prima que, más que todo, es un poema. El segundo ha tenido cultivadores, sin éxito. El tema patriótico es el preferido, lo que da por resultado que todos se parezcan. Esto sin mentar a Álvarez Lleras y Laverde Liévano, que, dicho sea en justicia, lo han trajinado con bastante éxito. La poesía ha sido otra cosa, si bien no logran todavía nuestros bardos apartarse de los cantos amorosos, románticos, sentimentales, propios más bien de endulzar a son de tiple y exaltaciones de aguardiente, los oídos de la rolliza moza del poblado, en noches de plenilunio, que para llevar alimento espiritual a las primorosas niñas pálidas, raras como las orquídeas, que dan descanso al cuerpo, absorviendo drogas extrañas, éter por ejemplo, y perfumes exóticos, en los finos pañuelos de Holanda. Afortunadamente nació Silva; felizmente la cuna de Valencia se meció en Popayán; los ojos de Londoño se abrieron en Vianí, y el primer balbuceo de Farina lo escuchó la montaña”.


ROGERIO VELÁSQUEZ nació en Sipí, bajo San Juan, en 1908. Sipí viene de sibi, que significa tortuga en lengua Catía.  Velásquez es uno de los principales investigadores de la cultura chocoana. Se graduó de maestro en la Normal de Tunja, y estudió etnología en la Universidad de Popayán. Fue jefe de la sección folclórica del Instituto Colombiano de Antropología (ICAN), durante 12 años.

El caso de Rogelio Velásquez es excepcional: ¿Por qué? Aunque escribió libros históricos y de costumbres como El Chocó en la independencia de ColombiaGentilicios africanos en el occidente colombiano y Voces geográficas del Chocó en la historia, su obra cumbre es una novela: Las memorias del odio.
La intensidad del lenguaje, la pasión y la fortaleza que revela la gramática vital de este libro, más una aguda reflexión del ser negro en una época específica, que en últimas no es más que la fatalidad de la condición humana, la convierte en una obra conmovedora y trágica. Es su única obra de ficción, y no necesitó de más.
La novela está basada en un hecho real, que el paso del tiempo ha convertido en leyenda. Es la vida dramática y maunífica de Manuel Saturio Valencia, el último fusilado en Colombia por ley, episodio ocurrido la tarde del 7 de mayo de 1907 en Quibdó.
Hay varios móviles que marcan su vida: es un negro estudiado con y mucha inteligencia, metido de cabeza en un mundo dominado por blancos. Adiestrado en la carrera de Derecho en Popayán logra alguna posición jurídica en Quibdó; músico por naturaleza y alentado en su vocación artística por los padres claretianos escribe canciones alegres en verso. Se enamora de una mujer blanca de la burguesía quibdoseña, quien corresponde a su pasión. De esta relación que estremece los cimientos de la selva, nace una criatura: mitad noche, mitad día. Hasta ahí el cuento de hadas. El recién nacido es echado a las aguas del Atrato por manos siniestras del racismo y la intolerancia. Saturio pierde la fe en la vida y naufraga en el alcohol. Vuelve a tomar oxígeno y se enamora de una negra alazana: ella es la hija del compadre de sus padres. Pide la mano de la joven, y el compadre palidece, tartamudea, y un silencio grave se lo devora. Un sacerdote cuenta la verdad a Saturio: su padre biológico es el compadre, porque su verdadero padre hasta ese momento era estéril. El secreto sólo lo sabían su madre Tránsito y su compadre, quien en confesión se lo contó al sacerdote. Con esos ingredientes está listo el drama, que la pluma de Velásquez narra con enorme lucidez. Velásquez escoge el monólogo para dar fuerza a la estructura narrativa. En primera persona Saturio va construyendo su vida desde niño: relatando sus ideales, sus sueños y fracasos, hasta el momento que lo conducen al patíbulo.
El siguiente fragmento nos acerca al tono y al ritmo que abarca la novela en su totalidad:
“Para finalizar este capítulo de mi infancia, contaré que el balance de mis estudios se resume en cuatro años de luchas, hurtos de cuadernos, y de lápices, cuatro años de labranza interior. Mi aprendizaje fueron días de peleas con el espíritu que tendía a agacharse por el hambre que me salía al paso haciéndome más infortunado que las yerbas de los caminos que siempre tienen un trozo de tierra que las alimenta.
…Aprendí a leer en el jadeo minero escribiendo con carbones y barro pegajoso las tareas de la citolegia. Cuando esperaba el desayuno o la comida, imitaba signos, ataba palabras, muchas veces la luz de los faroles de gas o los ambiles, de los cocuyos errantes, o bajo el graznido de las lechuzas que rayaban el aire…
…La audacia y el ingenio me llevaron a ser el líder de los de atrás, de los de abajo. Con un poco de estruendo goberné la escuela e influí sobre mis compañeros. Por las bolas de cristal, trompos o cometas hice desafíos, di golpes, lloré. Era una fuerza ciega. Cuando tiraba a la cara de mis contendores su mal comportamiento, era porque iba a caer sobre mi presa con saña de felino”.


ARNOLDO PALACIOS nació en Certeguí en la década del veinte. Novelista excepcional, se marchó del país, impulsado por la violencia y los deseos de conocimiento que son la forma más lúcida de la libertad. Se casó con una condesa en decadencia, eso cuenta el mito literario, y vivió en un viejo palacete a las afueras de París. Entre sus obras se destacan La selva y la lluvia, traducida al ruso, y Las estrellas son negras, que infortunadamente no ha tenido la valoración literaria que se merece. Fue publicada por primera vez en 1949. Fuera de ser un canto conmovedor de la lucha entre la pobreza y el libre albedrío, es una de las primeras conquistas de la novela urbana en nuestro país. Y lo más paradójico, es que se inspira en una pequeña ciudad selvática: Quibdó de los años 40. Este drama tiene la virtud de contrastar la miseria con la prodigiosa naturaleza que la rodea:

“A través del callejón veía deslizarse perezosas las aguas del Atrato. El sol marchaba perezoso también a su poniente hastiado, tal vez del mismo recorrido diario, enrojeciendo de luz viva los árboles en lontananza… La calle exhalaba un vapor cálido, fastidiante, putrefacto. El pavimento resquebrajado, como las plantas de los pies de gentes enfermas del hígado, de mal de hígado… Y una mujer negra tambaleante, iba aferrándose a la pared con las uñas frágiles, pegadas con goma a los dedos flacuchentos del brazo esqulético… ¡Ah, un pueblo tan pequeño y habitado por gentes debajo de la miseria!
¿Qué hace esencial a Las estrellas son negras? Su lenguaje exuberante, castizo, que se combina con el dialecto vernáculo de sus protagonistas, pero sobre todo, su enorme espontaneidad. J.M. Restrepo Millán, escribió: “Pero lo mejor de este libro, como hecho artístico, es que todo ese cúmulo de dolor, y toda esa lucha, y sus personajes, y su escenario y su ambiente, son reflejo directo del natural… Sin el más leve soplo de intelectualismo que ha solido desvirtuar muchas tentativas de novela acometidas en Colombia”.
Una voz llanamente poética desde la selva, da la propia versión de los hechos, que sin acudir al pasquín narra con maravilloso realismo –no mágico- una historia casi inocente, porque el protagonista es un preadolescente, Irra, y el mundo lo vemos a través de sus ojos:
“Algunos nacemos para morir sin tregua… Otros nacen para la alegría. Son estrellas diferentes. Las de ellos titilan eternamente y tienen el precio del diamante. Y la mía, Señor, es una estrella negra… ¡Negra como mi cara, Señor”.   



CARLOS ARTURO TRUQUE.   Extraordinario cuentista que hay que recuperar del olvido. Nació en Condoto en 1927 y murió en Buenaventura en 1970. Su talento narrativo ha sido opacado en parte por su militancia política; el haber pertenecido al Partido Comunista Colombiano ha cubierto de sombras y prejuicios su gran obra cuentística.

Más allá de estos esquemas ortodoxos y extraliterarios, Truque es un maestro del relato corto, y las historias, que tienen en su mayoría un alto contenido social, al mismo tiempo, expresan una visión universal del ser humano. A través de sentimientos como el amor, la solidaridad, el asombro, la guerra, Truque nos acerca a la profunda y contradictoria naturaleza humana.
Uno de los más bellos cuentos es El día que terminó el verano, aquí quiero recordar algunas palabras del escritor y periodista vallecaucano Arturo Alape, refiriéndose a este texto:
“Es la historia de la sequía que fragua en el hombre la desesperanza. La dramática espera que acosa al hombre como si el hombre sólo tuviera el tiempo medido para sus recuerdos y añoranzas”.
Quiero leer el último fragmento del cuento para que tengamos una idea más nítida de la literatura de Truque:
“La mujer estaba en un prado, desnuda, revolcándose, ayudándose con las manos para que el agua la mojara por completo. Él la vio cómo era: gordita, llenita, de piernas gruesas. Al verlo parado, con el saco a la espalda, aguantando a pie firme la lluvia, rió infantilmente. Y él se dio vuelta y emprendió carrea, para seguir regando su maíz, con el alma alegre por todo: Porque José María se había ido; porque ella estaba ahora desnuda en el campo; porque él estaba sembrando bajo el aguacero que ella había traído para bañarse y para acabar, en esa forma, el largo e impiadoso verano”.
 Otros cuentos esenciales de Truque son “Vivan los compañeros”, “Las gafas oscuras”, “Sonatina para dos tambores”, “La diana” y “Fucu”.
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Este breve recorrido por algunos escritores chocoanos, más que reiterar que existe una literatura chocoana, quiere profundizar en cuatro autores con diferentes lenguajes, y que de una manera u otra han sido proverbiales en la narrativa colombiana. Además el título de la charla Diversidad de la literatura chocoana, quiere mostrar que el asunto de la biodiversidad en el Chocó también toca a la literatura. 
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NTC ... ENLACES:

NTC … 4 de junio de 2012
Allí: cita y acceso al libro completo "La cuna de Jorge Isaacs", de REINALDO VALENCIA

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EL ALMA DEL CHOCÓ EN CINCO TÍTULOS
Vivencias de los protagonistas de la vida del Chocó y el Pacífico colombiano, e imágenes cotidianas de hombres y mujeres en su entorno social, político y cultural desde principios de siglo hasta nuestros días, fueron recogidos en la Biblioteca del Darién que se presentó ayer en la capital chocoana. La colección de Colcultura, coordinada por el periodista Alfonso Carvajal, incluye en siete tomos obras inéditas o reeditadas con el ánimo de dar a conocer las expresiones literarias de importantes escritores de la región.
Por: YANED RAMIREZ

EL TIEMPO, 09 de abril 1994 , 12:00 a.m.

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Las estrellas son negras. ARNOLDO PALACIOS
Biblioteca afrocolombiana, Banco de la República

LIBRO COMPLETO:
http://babel.banrepcultural.org/cdm/singleitem/collection/p17054coll7/id/1/rec/1
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Vivan los compañeros: cuentos completos. CARLOS ARTURO TRUQUE
Biblioteca afrocolombiana, Banco de la República
LIBRO COMPLETO:
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Biblioteca de Literatura Afrocolombiana

http://babel.banrepcultural.org/cdm/landingpage/collection/p17054coll7
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martes, 28 de mayo de 2019

Nadaísmo y café. Por Jotamario Arbeláez. Intermedio - Versión para NTC ... . Medellín, Colombia, mayo 25, 2019

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Intermedio - versión para ntc…

Nadaísmo y café *

Jotamario Arbeláez

(* Palabras pronunciadas en Medellín en el evento Carulla es café **, el 25 de mayo, 2019)
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Muchos de ustedes recordarán lo que fue el nadaísmo, fundado por Gonzaloarango en 1958, “el segundo movimiento más importante en la historia de Colombia después de la Violencia, con 300 mil muertos afiliados”, según dijimos.



Tuvo dos sedes principales, Medellín y Cali. Yo soy de Cali.

Luego de esa singular coincidencia, las dos ciudades tuvieron similares destinos de bonanza delincuencia y tragedia cívica.

Los jóvenes nadaístas de la época comenzamos fumando inocentemente un cachito para encender los motores de la inspiración, después de los tragos de café mañaneros para buscar los fósforos,

y tres quinquenios más tarde esas ciudades eran el imperio de la droga de exportación, y sus tremendo promotores más ultramillonarios que el Sha. Cha-cha-chá. Qué dios nos perdone.

Las dos ciudades, cuya rivalidad ancestral consistía en ver cuál llegaba primero al millón de habitantes, compitieron por ser la que más millones le arrancaba a los gringos y al mundo entero.

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martes, 21 de mayo de 2019

La belleza del sapo. Por:Jotamario Arbeláez. El País, Mayo 20 y 21, 2019. NTC ... Registro .

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La belleza del sapo
 Por: Jotamario Arbeláez
El País .com , Mayo 20, 2019 - 11:50 p.m. . Impreso mayo 21.
No me canso de reiterar la importancia para nuestra cultura de ese medio virtual que se emite desde Cali para Colombia y el mundo llamado NTC ... . Desde hace ya varios años, Gabriel Ruiz Arbeláez y su esposa María Isabel han asumido la tarea, y la llegada de cada una de sus entregas es un don espiritual para quienes vibran con las manifestaciones de la inteligencia. En los últimos días me he encontrado con materiales que además de gustarme, me han sorprendido.

Primero: la reproducción de la columna de Héctor Abad en El Espectador, ‘Ver ballenas y pájaros’*, donde denuncia el proyecto del gobierno de desarrollar en Nuquí, Chocó, el puerto de Tribugá, idea de unos negociantes antioqueños animosos de ganancia, lo que significaría “un sinsentido ambiental y una verdadera masacre ecológica”, pues “arrasaría con casi 1000 hectáreas de manglares, destruiría el hábitat de cuatro especies de tortugas marinas y alteraría para siempre el corredor por donde migran, se reproducen, comen y cantan las ballenas jorobadas”. Y de paso, daría el martillazo al bello puerto de mar de Buenaventura, que lo que necesita verdaderamente es un gobierno que lo rescate. 
(*http://ntc-documentos.blogspot.com/2019/05/)
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Segundo: una carta del poeta nadaísta Armando Romero desde Cincinnati, donde da noticia de la publicación y lanzamiento, el 31 de este mes, en Venecia, de la edición italiana de su novela ‘La rueda de Chicago’, en editorial Sinopia, traducida por Claudio Cinci. Fue inicialmente editada en 2004*, en Bogotá, por Villegas Editores. Luego seguirá el poeta con su esposa hacia las islas griegas, donde surgieron algunas de sus obras anteriores. De la carta remitente destaco algunas frases: “Me han enviado detalles de las presentaciones de Santos y Fernando Vallejo en la Feria de Bogotá. Yo sé que la discusión y las diferencias de opinión son saludables, sin embargo no deja de ser increíble que la Colombia violenta que yo abandoné hace tantos años siga siendo la misma. ¿Qué podríamos hacer para que luego de 60 años de fundado el Nadaísmo Colombia dejara de justificarlo?... Este nadaísta a destiempo que es el señor Vallejo, sigue exudando una filosofía de ‘perro caliente’ que conduce a un aplauso enfermo, rabioso. Y lo más paradójico es que aquellos que maldicen y odian al nadaísmo veneran a este escritor. Debe ser porque sienten que el nadaísmo es un humanismo, la busca de una nueva Colombia, y no la continuación de una enfermedad llamada violencia… Nada ha cambiado, mi querido Gabriel, por eso siento profunda tristeza al ver esas horribles flores del mal en boca de Vallejo, o la distancia que la política de turno pone a las esperanzas de Santos. Cuando alguien me preguntó el año pasado en Cali si el nadaísmo había muerto, le respondí que el nadaísmo moriría el día que Colombia cambie, y eso no parece estar en nuestro horizonte cuadrado todavía”. (*http://ntc-narrativa.blogspot.com/2012_08_12_archive.html).





Y el tercer tema se desprende de una cálida reflexión del abogado poeta Armando Barona Mesa titulada ‘Filosofando sobre el sapo’*. Precedido del Poema del sapo, de Alejandro Casona, puntualiza: “El sapo, con sus ojos saltones y las manos en cruz, como un filósofo en cuclillas, puede ser tierno y tener una espalda conmovedora. Seductora quizás, si fuera la sapa. Poeta, dice este y canta su regocijo de la vida en las noches del pantano con un son monorrítmico, que sabe dar a los que lo oyen a cierta distancia un sentimiento de terror -cuando yo era un niño- o inducir en arrullo al sueño profundo de los campos”. Reflexión que es completada por un bello ensayo al respecto de Eduardo Escobar, y la referencia inicial de Walt Whitman de que “El sapo es una la obra maestra de Dios”, a lo que el poeta Jaime Jaramillo Escobar (X-504) supo contestar con esta boutade: “Viejo, no te burles, que Dios hizo lo que pudo”. (*http://ntcpoesia.blogspot.com/2019/05/)


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jueves, 16 de mayo de 2019

El teatro Colombia.Jotamario Arbeláez. Intermedio. Versión para NTC ...

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Intermedio

(Versión para NTC ... )

El teatro Colombia

Jotamario Arbeláez

Fui desde niño hasta adolescente un adicto del Teatro Colombia, el de la tercera, donde el portero Escobar me dejaba entrar sin boleta
pues consideraba que, al igual que mis primos Fabián, Martha Nelly y Gabriela Esther, era también abuelo mío don Santiago Isaza, administrador del teatro
y casado con la mamá del esposo de la tía Tina, que vivían en una sección enseguida y adentro del teatro, los abuelos en el segundo y mis tíos en el primero.
Allí montaron una tenducha hacia la Avenida Colombia que atendía mi abuela Carlota, quien no sabía leer ni escribir pero sí sumar y restar sin calculadora. 
Era ella quien a todos nos ponía a marchar, sobre a todo a los muchachos a los que ya podía considerarnos  “güevirrayados”, nos sacaba de la quejadera llamándonos “cagalástimas”, y “atembaos” cuando no pegábamos una. 

Cómo no preferir el extenso teatro que quedaba prácticamente en la sala de la casa de la familia.
Lo elegí de entre los otros que frecuentaba, mientras combatía las espinillas y veía crecer una crespa pelamenta sobre el pubis por entonces angelical.
Constaba de una extensa luneta, que luego de un muro bajo daba paso a tres bloques de filas escalonada de a diez butacas que a medida que iban subiendo disminuían hasta dos, que era donde uno terminaban sentándose los novios a consentirse.
En esos tiempos ir al cine en pareja era un goce pagano. La madiapantalón no existía. 

En el teatro San Nicolás de mi barrio vi la primera película que recuerdo por su terrorífico nombre, La luz que agoniza,
y estoy hablando de hace por lo menos 70 años, cuando me enamoré de la primera mujer intangible, de Ingrid Bergman.
En el Teatro Avenida de la primera, enfrente de la Policía, vi las primeras de Tarzán, de las que recuerdo Tarzán contra el mundo, un Johnny Weismuller vestido de paño y corbata tratando de rescatar en Nueva York a su hijo Boy que había sido raptado para ponerlo a trabajar en un circo.
                                          Tarzán contra el mundo o Tarzán en Nueva York.
Al Cervantes había que ir bien vestido como al Colón y al Aristi, pues eran los más jailosos de la ciudad.
Con la mejor pinta invité a mamá a ver Sissi, la emperatriz, con Romy Schneider, pues ella decía que no le gustaban las mexicanas pues para ver pobreza la veía en casa.
En cambio volaba en su imaginación viendo palacios inalcanzables, que años después visitó cuando mis hermanas tuvieron cómo.
En el cine Ángel que era el más barato y se mantenía lleno de vagos volados del colegio, disfrutábamos con Los olvidados, de un tal Buñuel.
En el Jorge Isaacs combinaban cine y teatro y algarabías de cómicos como Montecristo y Campitos.
El Rialto de la octava no tenía techo y constaba de largas filas de bancas como de parque. En él vi Cantando bajo la lluvia.
En el lujoso Aristi, propiedad del monstruo de los mangones, según los de Caliwood, se estrenó Muévete al compás del reloj con Bill Halley y sus Cometas preludiando a Elvis Presley, y la fanaticada histérica casi tumba el teatro.
Bill Haley and her comets.
El Roma quedaba enfrente de la estación de ferrocarril  y era el portero mi tío Emilio que me dejaba entrar gratis con mis levantes a chupar piña.
Allí vi La condesa descalza con Ava Gardner y cuando con el tío después de la medianoche llegué a la casa, escuchamos una tremenda explosión que borró el teatro. 

La mayoría de estos cines tenían convenio con alguna empresa como Pel-Mex para presentar sólo rollos aztecas.
Supongo que para alejarnos de la colonización yanqui a través del cine que era imparable, sobre todo por la proyección de las películas de vaqueros que incitaban a la violencia.
Entre ellos estaba mi teatro Colombia. Donde anteriormente  había visto la saga completa que me zambulló en el tema de la ficción fantástica: Invasión a Mongo, Invasión a Marte y Flash Gordon conquista el universo.
Cuando el teatro se consagró a las películas mexicanas, allí me familiaricé con las actuaciones estelares de Arturo de Córdoba y Zully Moreno,
de Pedro Infante, Luis Aguilar, Pedro Armendáriz y Joaquín Cordero,
Carlos López Moctezuma el villano del celuloide, Joaquín Pardavé, Domingo y Andrés Soler, el luchador Wolf Rubinsky, Rafael Baledón, (hago esta lista de memoria y veo que voy bien),
de María Félix, Libertad Lamarque, Dolores del Río, Elsa Aguirre, Silvia Pinal, Marga López, Katy Jurado, Miroslava, Sara García,
               María Félix. La mujer sin alma. Fernando Palacios. 1943
las bailarinas Lilia Prado, María Antonieta Ponds y la Tongolele,
los cómicos Cantinflas, Tin-Tán y su carnal Marcelo, Clavillazo que era además bailarín, y los cantantes Pedro Vargas, Jorge Negrete, Enrique Guzmán, Los Panchos y Miguel Aveces Gemía,
sin olvidar a Dámaso Pérez Prado, creador del mambo, qué rico el mambo.

Una fase reiterativa de las películas era la sonora bofetada que por cualquier quítame allá esa pajas le propinaba el héroe a la protagonista, que caía derrumbada sobre la cama, donde le seguía dando con más cariño,
lo que se fue convirtiendo en moda en Latinoamérica, pues el cine mexicano era nuestra segunda escuela.
De allí pudo originarse el llamado machismo que hasta hace poco nos aquejaba.
Enfrentados al feminismo, que para nada es un movimiento pacífico ni transigente, pues su objetivo es acabar hasta con el último machista.

De pronto el teatro no se contentó con proyectar los mexicofilmes, que tenían un público múltiple,
y comenzó a invitar a las luminarias que en ellos actuaban, las cuales se presentaban en el tablado adecuado luego de alguna película pertinente,
tiempo que aprovechaban las estrellas para consumir aguardiente en la tienda regentada por abuelita.
Allí llegaron María Félix, Libertad Lamarque, Los Panchos, Pedro Infante, Luis Aguilar y muchos otros que no registro. Calculo que era por el año 51 y 52.
Me escondía muerto de miedo detrás del mostrador para que no me viera el monstruo de Moctezuma, quien fue capaz, en El gendarme desconocido, de darle una paliza a Cantinflas, que era mi ídolo,
a pesar de que no le entendía nada de lo que hablaba, pero me hacía reír de todas maneras.
López Moctezuma, Mapy Cortés y Cantinflas, El genarme desconocido, 1941
Después de toda la peliculería mexicana, a la que asistíamos entusiasmados y libertinos los estudiante de 1º. bachillerato del Colegio Americano,
y del paso por sus tablados de los artistas y cantantes, el teatro devino en proyectar cintas de todas partes, lo que hizo que la audiencia fuera mermando.
Y ya no podía estar uno sentado en medio de la sala semivacía porque no faltaba el ser invisible que se  sentaba al lado de uno con intenciones.

Tenía Luis Torres una pequeña biblioteca donde descubrí un tomo que me llamó la atención por cuanto contenía mi nombre y una actividad a la que querría dedicarme: Mario y el hipnotizador.
Cuando me lo encontraba me quedaba horas enteras los ojos fijos en los ojos de mago de la carátula, hasta que abuela me chuzaba con los dedos la espalda y me ordenaba: “Movete güevetas.”
Entonces reaccionaba y me encaminaba a la puerta del teatro y con la aquiescencia del portero veía cintas por el estilo de Dios se lo pague o El peñón de las ánimas.
No había llegado aún la producción de la nouvelle vague, en la que me emboqué de inmediato, empezando con Sin aliento, y abandonando para siempre los laboratorio de Churubusco Azteca.    
                                                     Jean ¨Paul Belmondo y Jean Seberg en Sin Aliento de Godard.
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NTC ... 11 de mayo de 2019

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