jueves, 16 de agosto de 2018

"El enemigo que no pudo ser" y "En paz y a salvo". Jotamario Arbeláez. Columnas en El País (Cali) y El Tiempo (Bogotá). NTC ... Registros

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El enemigo que no pudo ser

Por: Jotamario Arbeláez

El País, Cali, Agosto 13 (.com) y 14, 2018 *


Volverse uno más pacifista que los amigos que entregaron los fierros y ganarse un enemigo gratuito es calvario que no le deseo ni a ese enemigo. Y si ese enemigo pretende ser como uno, y no tiene cómo, ni cuándo, ni dónde, le toca a uno sentarse a la orilla del camino a esperar que pase en carroza porque qué hace. Ni modo de salir a enterrarlo ni escribirle una esquela fúnebre porque dirán sus deudos –que no le quedan, porque el repudio es unánime, aunque sospecho pecho que viene trabajando para su causa mortificante a mis más queridos amigos–, que tal nobleza no pasa de ser una farsa, que ni que yo fuera un santo loco de altar.

No debe ser coincidencia que todos mis enemigos murieran cuando iban en lo mejor de su ataque. Expiraron de la rabia por no haberme hecho caer en ninguna de sus torpes trampas antipersona. Con el doloroso agravante de que no hay peor veneno que un melancólico derrame de bilis negra, esa especie de VIH de la conciencia. No tengo la culpa de tener la garra para el saque y la defensa de Capablanca.


Lo que más mortifica al individuo que me persigue, buscándo mi caída es que yo sea presuntamente un ególatra y presuntuoso, cuando no presumo ni siquiera de lo que tengo. Mucho menos voy a hacerlo de lo que me creo, que no es poco, pero es privado. No le hago mal a nadie sino solo con mi presencia. No porque huela feo sino todo lo contrario. Porque mis colonias aroman hasta al vecino. Camino suavemente por la ciudad y más se gastan las aceras que mis zapatillas de ante. Voy por tu cuerpo como por el mundo es un verso de Octavio Paz, que le dedico a la mujer que me espera, así llegue tarde. La vicepresidenta del banco está loca porque le haga un préstamo, el de mi último libro. 

Tengo tribunas de expresión en varios periódicos y revistas, donde me aprecian y pagan bien y no me recortan ni un pite, y el animal que me acosa, a quien en ninguna parte publican porque yo le he hecho cerrar las puertas –según alega–, se dedica monotemáticamente, amparado tras el anónimo de una ristra de seudónimos, a rumiar en los correos electrónicos abiertos a los comentarios de los lectores, toda la pasta de estiércol que le circula por las escleróticas venas. Así piensa que me va a hacer echar de los medios, el pobre. 

Dice, por ejemplo, que me vaya a bañar, que soy un cochino, que quién me dijo que era poeta, que soy un marihuano desde chiquito, que soy homosexual -a juzgar por su condición, ventilada en público-, que él es mejor escritor pero que nadie se ha dado cuenta porque no lo han leído, que no hago sino escribir acerca de mí en lugar de escribir sobre cosas que no conozco, porque el caso es que no aguanta que ilumine mis frases con tanto color y luz que no parece que utilizara un computador sino un pincel chino, un camaján del Belalcázar, un tarugo de la barriada.

Otra cosa a la que se aferra es a que traicioné el nadaísmo, porque ya no duermo en la calle sino en cama de tres colchones, como si en sesenta años no se hubieran de superar los presupuestos del primer manifiesto, que por otra parte no escribí yo. Tiré piedras contra el establecimiento, mis enemigos empiedrados me las devolvieron multiplicadas, y con ellas, como el poeta Marinetti, me construí el castillo donde caliento mis huevos. 


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Hoy no soy más anarco que el arco iris. Pero sigo siendo un provocador. Así prefiera la caricia a la bofetada. Y cuando hablo de mí, aquí o en el Vaticano, lo hago para burlarme de mí mismo, según la escala de valores de mi estirpe del barrio Obrero, donde funcionaba La casa de las agujas. ( 1 )



Acabo de ganar el Premio Dámaso Alonso, de España, por la totalidad de mi obra y la totalidad de mi vida. Sexto premio que recibo y que tengo mucho gusto en dedicárselo al personaje que sufre con mis gabelas.
...
* En EL PAÍS (Cali) 

El enemigo que no pudo ser

Por: Jotamario Arbeláez


El País, Cali, Agosto 13 (.com) y 14, 2018 


https://www.elpais.com.co/opinion/columnistas/jotamario-arbelaez/el-enemigo-que-no-pudo-ser.html

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Contratiempo

En paz y a salvo

Jotamario Arbeláez
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Sesenta años machacando la prosa y la poesía, setenta y siete cumplidos, con los mismos kilos de peso y los mismos centímetros de estatura que cuando tenía veintisiete, y apenas si le habré compuesto una endecha a la muerte,
            que suele ser un tema preferido por tantos poetas tristes, agobiados por desamores, arrollados por filosofías de derrumbe, fracasados en sus aspiraciones de trascendencia o acosados por esos males del cuerpo que no dan tregua.    
            De mis cien poetas amigos de los tres sexos han desaparecido noventa y a la mayoría de ellos sí les he entonado mis loas, elegías, lamentos y ayes,
gemido en los entierros o cremaciones, emborrachado de tristezas el alma inmortal y pedido al Señor que todo lo puede, si puede, que les abra campo en el paraíso, si hay paraíso.
Y si no hay paraíso con ellos puede crearse, pues ya sufrieron en la vida bastante, cuando sufrieron,
y cuando no sufrieron, con sus hitos alegres brillo le dieron a ese instante, fugaz o prolongado, de aire, de agua, de tierra y de luz que conocemos como la existencia terrestre.

Fui poco dado a lo sombrío, a lo escatológico, a lo tétrico, a lo macabro, mejor dicho, soy poco dado, dado que tampoco me he ido.
He sido amenazado, y lo sigo siendo.
Hasta me han tenido por muerto, como narro en mi libro La muerte de Jotamario (Caza de libros, 2013).
Y yo mismo he descrito mi defunción en Nada es para siempre (Aguilar, 2002), luego de describir por anticipado mi errancia por los toques tanáticos de choque, denegación, cólera, depresión, regateos y decatexis.
Sólo saben la fórmula de preservar la vida los que fingen morir. Que suelen ser los poetas, según Cocteau.
Por más que tenga en mi mesa de noche los libros tibetano y egipcio de los muertos, y me embelese con el Necronomicón y los cuentos de Poe, y con El cielo y el infierno, de Swedenborg, y los ensayos de Kubler-Ross,
me he deslizado más bien por los bares de las librerías, por las pistas de baile y por los recovecos sexuales, en busca de temas para cantar odas a la alegría.
Fueron mis temas emotivos las novias que me cornearon, los avatares familiares, el rodar de las calles y sus gentes vestidas, el encuentro con realidades otras en el más allá de los viajes.
Nunca pensé vivir tanto, y mantenerme tan vivo con tanta vida.
Vencí la gota y la calvicie y a unos cuantos enterradores que me pensaban sacar de taquito del cancionero.

Me ha dado por comenzar a sospechar que no es un cuento la tal existencia de Dios, como comencé a pregonar en mi adolescencia.
Algunos me comentan que esa es una constatación del acercamiento.
Reconozco que en medio de tantas injusticias e inequidades he vivido en un mundo de maravillas. Y que son maravillas lo que me espera.
Después del sueño donde desaparecen los sueños.

Ahora he retirado mi carnudo esqueleto lleno de bríos a una casa en las montañas de Villa de Leyva, al pie de la laguna de Iguaque
de donde salió Bachue con su hijo de brazos a poblar el mundo a partir del imperio chibcha.
Lo hicieron y el nombre del hijo y luego su esposo no lo conservó la mitología, porque era una sociedad matriarcal. Poca importancia tenía el hombre en esa región por esas calendas.
Me sentaré frente a mi escritorio a escribir Los días contados, con todo lo que me acuerde de lo que pasó en el mundo mientras anduve despierto.
Con mi mujer Claudia y Dina, mi perra, contemplaré todos los días la salida del sol al que un día se le acabará el combustible y se convertirá en una gigante roja,
me bañaré en la quebrada que un día se secará,
pasearé en mi camioneta que un día terminará convertida en chatarra,
apagaré la luz una noche que no tendrá madrugada,
y en medio de las cuarenta cajas de mis Sagrados Archivos, y los siete mil volúmenes de mi fiel biblioteca,

me daré cuenta que entre la literatura y yo, entre la tierra y yo, entre mi señora y yo, todo habrá terminado.  

JOTAMARIO ARBELÁEZ
jotamarionada@hotmail.com
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En EL TIEMPO, Agosto 15 (.com) y 16, 2018 

En paz y a salvo

Jotamario Arbeláez


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martes, 14 de agosto de 2018

Aleph. Revista No. 186 . Julio / Septiembre 2018. Año LII. Manizales, Colombia. Fundador - Director Carlos-Enrique Ruiz

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Aleph 
Revista No. 186
  
Julio / Septiembre 2018. Año LII 
Manizales, Colombia 

Fundador y Director:  Carlos-Enrique Ruiz


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En la web de la revista
(Allí, próximamente completa
MATRIZ http://www.revistaaleph.com.co/

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lunes, 13 de agosto de 2018

Armando Romero o la puerta de Ulises. Por José Ángel Leyva. SEMANAL de Jornada (Mx), Julio 29, 2018


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Bitácora de un poeta viajero, sutil y profundo, también novelista y catedrático, y a la vez atento a los violentos avatares de su tierra natal, Colombia, cuya obra se hermana con la de Álvaro Mutis y Hugo Gutiérrez Vega por el movimiento y la confianza en la palabra trabajada.
SEMANAL de Jornada (Mx), Julio 29, 2018
El poeta y catedrático Armando Romero, uno de los más jóvenes miembros del Nadaísmo colombiano –que este 2018 cumple sesenta años de su aparición–, es a todas luces el más cosmopolita de su generación. En dicho contexto, el también traductor y narrador ha sido homenajeado en el Festival Internacional de Poesía de Bogotá.
Romero, quien es profesor en la Universidad de Cincinnati, Estados Unidos, vuelve a sus orígenes para mostrar la andadura de una poesía que, si bien ha sido forjada en el viaje, muestra las marcas profundas de sus vivencias colombianas y la memoria de una época fundamental en su vida. Un rasgo que también se halla presente en sus novelas y sus cuentos. Su obra poética en conjunto podría leerse como la declaración del que nunca se fue y vuelve al punto de su ausencia. El cosmopolita de provincia, de esa provincia desgarrada, como la concebía Alfonso Reyes, recorre mundo para conocer mejor su historia. Romero compendia para los lectores colombianos su itinerario de viaje, su bitácora afectiva y estética en la que aparece de manera recurrente su identidad y pertenencia. En su prólogo para las antologías Alquimia del fuego inútil y A vista del tiempo, publicadas respectivamente en Ciudad de México y en Medellín, el poeta escribe y manifiesta: “Dos acciones he tratado de conciliar siempre: el viaje y la escritura. Creo que son dos formas de una misma realidad significante.”
Jotamario Arbeláez no tiene empacho en reconocer la extracción humilde de ambos en un contexto social proclive a la violencia, vulnerado por el desaliento. No obstante, reciben la fuerza amorosa de sus familias, que evocan de manera recurrente en sus respectivas obras, ya con humor, con ternura o desenfado, imágenes blindadas contra el horror y la desesperanza. En el caso de Romero vienen de manera intermitente dichas escenas y recuerdos a dar forma a relatos y novelas como sucede en Cajambre, o a poemas reveladores de esa intimidad donde se tejía la disposición al viaje. En “La caja de los huequitos”, del libro Amanece aquella oscuridad, el poeta extrae del olvido una enseñanza materna para ver aquello que no figura en la lógica común: “A jugar con los espacios/ nos enseñó mi madre./ Ella los guardaba/ en una caja de huequitos,/ donde también estaban/ los sueños./ Mi espacio se construía/ de insectos invisibles,/ y ese miedo, siempre. /…/ Nunca se supo de los sueños/ hasta que ella vino a despedirse,/ y nos dijo que estaban hechos/ de eso que florece,/ allá adentro,/ todos los días.”
Aunque la poesía de Armando Romero tiene mucho de solar, no puede leerse sólo desde ese plano de la realidad porque emerge sin duda de un ejercicio subterráneo, de una inmersión en socavones y grutas donde la oscuridad aprieta e ilumina. El miedo y el dolor atenazan las palabras y es audible el golpe de la forja en imágenes al rojo vivo, de miradas torvas, criminales, con apetito de sangre. La ambigüedad es aglutinante en su apertura a la claridad; la malicia o cierta dosis de malignidad no pueden quedar al margen de su bondad, ni la belleza puede reconocerse sin la noción de la deformidad. Vienen, como “Del aire a la mano”, esos dos poemas icónicos, no de su ficcionario y sí de su biografía,
de la tragedia colombiana: “Flores de uranio” y “De los asesinos”, que pertenecen a dos libros distintos de épocas distantes, El poeta de vidrio (1961-1972) y Las combinaciones debidas (1979-1985). Dos textos de una crudeza escalofriante. Sin embargo, en Amanece aquella oscuridad (2012), el poeta desvela momentos de iluminación entre sombras del recuerdo, como en “La palabra misericordia”: “En nuestro mundo/ muchas palabras se pierden,/ pero no desaparecen por completo,/ sólo dejan una vaga memoria. /… / Mi madre la usaba por las noches,/ al caer el silencio,/ y yo sabía que los ojos/ de mi padre la escuchaban,/ abiertos.”

La poesía de Romero es sobre todo, y a pesar de todo, un canto a lo vital, un testimonio de búsqueda. En ese sentido se identifica con Cendrars, al desafiar las fuerzas de la gravedad para renovar el lenguaje y los caminos, para impulsar su nomadismo sedente y tomar distancia de la academia y los seguros de vida, del confort burgués de la clase media estadunidense y aferrarse al colombiano en diáspora.
El derrotero conduce poco a poco hacia la contemplación y la paz, hacia la reflexión y la meditación. En su obra pulsa un espíritu contestatario, no escandaloso ni protagónico, que se manifiesta en poemas como “Carta a f. l.”, “Monje querido”, “From Chicago to o.g”. En este último resuenan versos de desesperación y coraje que se explican por sí mismos: “Hoy es el 4 de octubre en Caracas y tengo 20 bolívares en el bolsillo/ Hoy quemaré velas a la luz blues de Lincoln Avenue/ En el barrio Sur habrá negros incendios de todos los días/ Hoy no pensaré de Latinoamérica más que para decir Howareyou?/ porque hoy es y siempre el 4 de octubre en Caracas y tengo 20 bolívares en el bolsillo/ Hoy se cierra una puerta/ Y se abren otras.”

La noción de viaje en el caleño tira lastre y abandona esa sensación de fuga para echar mano de nuevos descubrimientos y asombros. La poesía estadunidense, la francesa y la fuerte tradición de la escrita en lengua española lo acompañan en su arribo a las costas griegas, donde abre un gran paréntesis o funda una estación en el Egeo. No puede uno desdeñar la memoria y los vasos comunicantes con su amigo y compatriota Álvaro Mutis, de la Summa de Maqroll el Gaviero. Pero en ese sentido su periplo es más cercano a Hugo Gutiérrez Vega, quien desde la diplomacia vive y se entrega a la cultura griega y al viaje. Gutiérrez Vega y Romero tienen un encuentro en Atenas e intercambian su fascinación por Kavafis, Ritsos, Seferis, Elytis, Embirikos. El diplomático publicaría una trilogía luminosa: Cantos del despotado de Morea, Soles Griegos y Una estación en Amorgós, mientras que Armando escribe Hagion Oros (El Monte santo), 1994-1996, y El color del Egeo (2016)

http://www.laotrarevista.com/2014/05/jose-angel-leyva-2/
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domingo, 12 de agosto de 2018

La explosión de Cali. Por Jotamario Arbeláez. 7 de agosto de 2018


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La explosión de Cali

Por Jotamario Arbeláez



                        

La tarde del 6 de agosto de 1956, undécimo aniversario de la bomba atómica sobre Hiroshima,
asistí en el teatro Roma, enfrente de la estación del ferrocarril,
a la función continua de la primera parte de Lo que el viento se llevó.
Por haber sido el tío Emilio portero cuando se fundó el teatro
gozaba yo de permanentes pases de cortesía en todas las salas de Cine Colombia,
y en esa ocasión entré de gancho con Ifigenia, una joven recién llegada de La Perla del Otún,
a quien ayudé a instalarse en un pequeño hotel de los alrededores, donde rumbaba la prostitución.


Los 16 años de Ifigenia, los mismos que yo,
le daban un aire cosmopolita con su lunar ovalado en el centro del mentón y la cajita de cosméticos en el bolsillo de la jardinera.
La conocí bajando de un vagón restaurante la tarde que acompañé a la abuela a tomar el autoferro hacia La Pintada.


Venía a tentar fortuna en esa zona de camioneros, verdadera babel de gentes entregadas al rebusque, con bares de mala muerte y puestos de fritangas en los andenes.
Yo andaba por la época de salvador del mundo y redentor de rameras,
y para tratar de impedir la caída de semejante arcángel en el lenocinio le estaba prometiendo vivir con ella,
si es que podíamos hacerlo sin trabajar.
Para empezar, a la salida de la cinta, hecho todo un Clark Gable, después del primer beso despeinador,
le presté mi ejemplar manoseado de El amor, las mujeres y la muerte, de Schopenhauer,
y la acompañé a la pieza, donde prometí caerle más tarde con un arroz con pollo, pues pensaba ganarme una partida de billar en el Café Roma. 




El establecimiento estaba atestado.
Las amargas heladas rodaban por las mesas y las gargantas en medio de un calor apocalíptico.
Doce enormes camiones militares que habían entrado por la carretera al mar —y que no dejaron estacionar en el Paseo Bolívar, al pie del batallón Pichincha y la estatua de La María—,
habían sido apostados en el muelle de la estación, con no se sabía qué carga misteriosa bajo sus carpas de lona.
La zona de parqueo estaba desacostumbradamente en penumbra.
Seis camioneros abandonaron sus mesas y, obedeciendo alguna orden secreta,
procedieron a evacuar seis de los doce camiones rumbo a Palmira.



                 
      Al pie de la mesa del billar-pool estaban los tahúres de siempre: ‘El mono del maletín’, ‘El zurdo’, ‘Pincelito’ y ‘Pichurria’.
Ante tan selecta nómina de camajanes cogí taco, enticé en medio de la calma chicha, y terminé apostando hasta el reloj de la abuela,
dispuesto a recaudar lo suficiente para calmar el apetito y preservar el honor de mi lunareja.
      El caso fue que perdí hasta la camisa, y las cervezas me habían producido una agriera que no le soportaría a su 'tinieblo' ni Vivian Leight.
Para completar, un par de detectives borrachos en una mesa sacaba sus pistolas y amenazaba con salir a la calle y disparar al azar sobre la multitud.
Me tocó pues hacer del corazón bienintencionado una tripa,
y partir a medianoche frustrado hasta los cojones a dormir sobre la cama de la abuela Carlota,
en la nueva casa de la tía Adelfa, en el barrio Bretaña, a cuarenta cuadras. Mañana le traería mi desayuno con frijolitos recalentados a mi paciente y por ahora fiel Ifigenia. 

Antes de dormir, leí en el Relator de ayer que ‘Madame Laila’, pitonisa de ojos de lapislázuli recién legada del lejano Oriente,
vaticinaba que sobre la ciudad se cernía una inminente tragedia.
Me levanté a apagar la luz después de que el reloj de la iglesia dio la una de la mañana,
y en ese momento el estallido y resplandor de Hiroshima tomaron cuerpo en mis huesos.
Volaron los vidrios de las ventanas y se quebró contra el piso la pecera llena de ‘gupies’ de mi padrino Jorge Giraldo.
Un aire loco erraba por la ciudad. Mis fosas nasales percibían un tufillo de trinitrotolueno.
Comenzaron a sonar las sirenas en mis oídos aturdidos.
Por la radio informaban que camiones militares cargados con dinamita acababan de hacer explosión en la 25.



      En pocos minutos mis botas de siete leguas me trajeron de nuevo al sitio,
donde vi al padre Hurtado Galvis * haciendo la señal de la cruz sobre cuerpos despedazados.
Allí donde hacía un rato había perdido mis apuestas, me había despedido de los trasnochadores tahúres de mis afectos y había dejado durmiendo a mi Magdalena por arrepentir,
había un cráter de 60 metros de diámetro por 25 de profundidad sin tierra a los lados.
Ese mismo cráter se constituyó en fosa común, donde el padre atestigua que arrojó 3.725 cráneos humanos,
fotografiados previamente por el corresponsal de la revista Life.
Con los cráneos pelados de 'El mono del maletín’, ‘El zurdo’, ‘Pincelito’ y 'Pichurria’
debieron ser sepultadas las 15 bolas de marfil numeradas y la blanca para tacar.
El hotelito de Ifigenia no era ahora más que una edificación de aire tibio y el suelo una inmensa chatarra de catres retorcidos impetrando clemencia.
Nos quedamos sin comer ambos.
Nunca he sentido tanta pena.
Y ni siquiera rescaté de entre los escombros la obra de Schopenhauer.



     Volví a tener clara conciencia de que nada es para siempre en este mundo ilusorio.
Pero me prometí que el criminal no se quedaría sin castigo.
Dejaría de ser redentor de prostitutas para volverme vindicador de vejámenes.
No descansé hasta el 10 de mayo, cuando merced a la insurgencia estudiantil, apoyada por el comercio y la burguesía,
 derribamos a Gustavo Rojas Pinilla, el presidente militar que le había dado a Cali ese regalito.

(Catorce años después escribiría El libro rojo de Rojas, donde lo dejaba limpio de felonías, terminando así de embarrar la memoria de Ifigenia).

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* VIDEO
La explosión del 7 de agosto de 1956 en Cali, según el padre Alfonso Hurtado Galvis





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