lunes, 10 de diciembre de 2018

"Chanfle y ensayo" y "El arte de tachar". Por: Julio César Londoño. En El Espectador y El País.


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Chanfle y ensayo
EL ESPECTADOR, .com e impreso, 8 Dic 2018
Cuando escriben sobre el ensayo, los profesores no resisten la erudición de volver a citar al “padre Montaigne”, lo que es tan original como citar a Cervantes el Día del Idioma, e insisten en que el género exige investigación y “rigurosidad”. Se equivocan cuatro veces. Citar a Montaigne está bien para Google, en su entrada essay, o en un estudio sobre don Miguel, y ya. Creer que se puede escribir un ensayo a golpes de investigación es tan ingenuo como pensar que podemos hacer poesía a punta de diccionarios. El tercer error consiste en utilizar la palabra rigurosidad, teniendo a mano una palabra seca y suficiente, rigor. El cuarto error es creer que el rigor, una virtud de los tratados y una obsesión en los cuarteles, es también un requisito del ensayo.
Nota: rigurosidad sugiere algo maluco, áspero, verrugoso. La prueba de que es una palabra muy fea es que Vargas Llosa la utilizó 47 veces en La orgía perpetua. Y la prueba de que el peruano es sordo es que fue capaz de ponerle Morgana a su hija. El nombre está bien para una señora obesa y mayor, pero chantarle esa cosa a una bebé es un pecado que solo se paga escribiendo tratados contra la sociedad del espectáculo los días pares, saliendo en las revistas del espectáculo los días impares y durmiendo todos los días con una señora que fue espectacular en los siglos pasados. Pero me desvío.
El buen ensayista no investiga. Escribe sobre temas en los que ha reflexionado largo tiempo. Sabe que solo se puede escribir sobre cosas que uno ha llevado largo tiempo en la cabeza y en el corazón. Nadie puede decir, digamos, voy a investigar esta noche sobre partículas de altas energías porque tengo que hacer un ensayo físico mañana. No. Como diría san Agustín, no es bueno investigar pero es bueno haber investigado.
Un buen ensayista tiene que saberlo todo sobre su materia, incluso qué es lo que los lectores saben (por ejemplo, que Montaigne es el padre), para no andar repitiendo vejeces. El ensayo exige primicias y, algo que olvidan muchos, tensión. Sin tensión, la reflexión resulta flácida, enciclopédica. Académica, en el sentido tedioso del adjetivo.
Pedirle rigor es un contrasentido porque el ensayo es eso, una prueba, un ejercicio, no una monografía. Es un boceto, no un óleo. Una cometa, no un ladrillo. No sentencia, especula. No repta a punta de penosos silogismos: vuela.
La erudición, que es un punto de llegada en el tratado y las monografías, para el ensayista es apenas el comienzo, el trampolín donde se apoya para salvar los vacíos de la ciencia o del espíritu o sus propios límites.
Exigirle rigor a un ensayista es como pedirle bibliografía a un poema o normas APA a un diagramador. El ensayista tiene licencia de irresponsabilidad. Por eso puede ir más allá del científico y escribir poéticas como Borges o metafísicas como Hawking, Steiner, Harari y Sagan.
Así fue como descubrieron que el desastre de la Biblioteca de Alejandría no fue el incendio de grandes obras, sino la pérdida de un verso, la línea capaz de poner una sonrisa en los labios de Dios; que somos diestros, no zurdos, porque así nuestro puñal está más cerca del corazón del enemigo; que el lenguaje es comunicación, claro, pero su función secreta es urdir ficciones capaces de aglutinar la tribu; que las teorías se hacen con rigor, pero nacen de asociaciones muy libres.
Para terminar, cuatro especulaciones francesas.
El brujo y el científico se parecen: ambos explican fenómenos visibles por medio de fuerzas invisibles.
El futuro ya no es lo que era.
La principal argucia del Diablo es hacernos creer que no existe.
No hemos avanzado gran cosa: solo producimos tautologías y contradicciones.

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NTC ... SEGUIMIENTOS a Dic. 24, 2018 


Maese JCL: a propósito de tu cita  al “padre Montaigne” en tu sesuda columna "Chanfle y ensayo"  * en EL ESPECTADOR, 8 Dic 2018. * http://ntc-narrativa.blogspot.com/2018_12_10_archive.html

Pugilato sin filosofía
Periódico UniversoCentro, Número 103, Medellín, diciembre 2018

Hemos pasado de la indignación por los hechos a la furia frente a las opiniones. Antes se rabiaba por la ineptitud de los funcionarios, la venalidad de los contratistas, el cinismo y la falta de coherencia de los candidatos, ahora se oyen las matracas y las cantaletas de clanes fascinados más por las ideas contrarias que por las propias. Parece que hoy se tienen más claras las discordias que las afinidades, se piensa por reacción, se practica algo parecido a la filosofía de la represalia.


Esa permanente crispación frente a los decires ajenos es también una dolencia asociada a la solemnidad. Parece que tomamos demasiado en serio el parloteo insomne de las redes, las noticias y la prensa. Hasta los chistes flojos de quienes se paran solitarios frente a una cámara pueden generar una cascada de maldiciones. Bien vendría darle una mirada a los bien conservados Ensayos de Montaigne, ensayos también en el sentido de ser simples intentos, ejercicios muchas veces predestinados al error. Era esa una de las virtudes del primer hombre moderno, según algunos de sus admiradores. Tener sus pensamientos por provisionales, llenar sus páginas de expresiones como “quizá”, “hasta cierto punto”, “creo”, “me parece”, palabras que “suavizan y moderan la aspereza de nuestras proposiciones”.
Tal vez la frase más inquietante de Montaigne para los lectores de estos días fuera esta declaración sin principios: “Ninguna propuesta me asombra, ninguna creencia me ofende, por mucho contraste que ofrezca con las mías propias”. Hoy en día parece una renuncia inaceptable, un vacío de razones, un abandono simple y llano. Montaigne hablaba sobre todo de las opiniones y reflexiones filosóficas, ese era el centro de sus intereses y sus conocimientos, pero por supuesto hablaba también de inquietudes políticas e inclinaciones religiosas. Hoy en día nuestras grandes pugnas son sobre todo electorales, ni siquiera fundamentalmente políticas o ideológicas, hemos permitido que el más vulgar de los escenarios cope toda la atención. Por eso la punta de lanza de los duelos digitales del diario pueden ser Ernesto Macías o Gustavo Bolívar.
Montaigne sentía fascinación por el sentimiento de la extrañeza, visitaba los “monstruos” de la época, personas con malformaciones, para intentar encontrar un sentido humano distinto, para conocer criaturas por fuera de las categorías conocidas. Pero siempre descubría la misma humanidad y terminaba aceptando que la rareza más grande e incomprensible estaba encerrada en su cuerpo, se sorprendía de sus cambios de opinión y de la fragilidad de sus estados de ánimo: “Mi pie es tan inestable e inseguro, me encuentro tan vacilante y dispuesto a resbalar, y mi vista es tan poco fiable, que en ayunas me siento otro hombre que después de comer. Si me sonríe mi salud y la luz de un precioso día, soy un hombre estupendo; si tengo un callo que me duele en el dedo del pie, soy hosco, desagradable e inaccesible”.Era un filósofo de la incertidumbre, un pensador que se veía más como un ratón en el laboratorio de las ideas que como un búho pontificando desde una rama alta. Y si eso pasaba con sus ideas filosóficas, hoy parece increíble que nos enzarcemos durante años en las estrategias y las muletillas grandilocuentes de los políticos.
Buena parte de nuestras controversias se han convertido en una competencia de descalificaciones, unos pleitos que se alimentan más de la bilis que de la burla. Batallas en las que más que causar dolor físico se buscan golpes de desprestigio. Montaigne destacaba los peligros de un concepto de la época que justificaba la brutalidad en la guerra, el “furor” de los combatientes hacía normal que no se contuvieran y que la piedad pudiera ser olvidada. Ese mismo “furor” hace olvidar hoy toda obligación de compostura y valoración de ideas en el debate de nuestras coyunturas. Las razones propias nos hacen duros para agredir y aislados para aceptar la posibilidad de cambio, no logramos experimentar “el freno de la benevolencia”.
En últimas el escepticismo entrega una gran ventaja. Quienes pierden en una discusión, prueban que tenían razón en dudar de sus propios conocimientos. Y quienes graban para siempre una “verdad” o un prejuicio solo demuestran que son más crédulos, y que su alma es más blanda y menos resistente a dejarse grabar para siempre.
El poeta irlandés Thomas Moore escribió una especie de oración al sereno escepticismo que puede servir como un pantallazo obligado antes de entrar al tinglado de las redes sociales: “Cuando pasan las olas del error / qué dulce es alcanzar al fin tu puerto tranquilo, / y suavemente balanceado por la duda ondulante / sonreír a los tenaces vientos que guerrean afuera”. 
El número completo en pdf:
https://www.universocentro.com/Portals/0/PDF/UC103_BAJA.pdf


GRAcias a la "topación" y "eneteceo" del poeta y narrador José Zuleta Ortiz.
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 El arte de tachar
EL PAÍS, Cali, Diciembre 05 (.com) y 6, 2018    
A las siete de la noche de hoy clausuramos, con una gala de poesía en el Teatro Esquina Latina de Cali, la promoción del Taller de Escritura Creativa Comfandi 2018. No sé qué tanto habrán aprendido los estudiantes. Yo aprendí mucho, sobre todo cuando uno de ellos, el más joven, me preguntó por qué la realidad estaba proscrita de la literatura, o al menos de la narrativa. Acaso es que la realidad es menos digna de ser contada que la ficción, me preguntó. No supe qué decir ante esa pregunta tan aguda y elemental a la vez. ¡Cómo no me había ocurrido! 

Pensé hablarle de la novela histórica, donde uno puede colar la realidad, al menos esa que alude a los grandes sucesos de la vida pública. O hablarle de la ciencia ficción, que siempre está mostrando problemas viejos en escenarios futuristas, pero ya el joven se había ido.

El caso es que los talleristas hicieron la tarea. Myriam González expuso en Arte-Aparte, la feria de los independientes, en Cali. A Hernando Orozco le publicaron un cuento espléndido, Higiene amorosa, en la revista mexicana La sirena varada, año II, número 6. A Neil Henry Arenas El Espectador le publicó con gran despliegue el artículo James Benning: su medida del tiempo.

También llegaron buenas noticias de los exalumnos.

El mismo diario publicó una crítica muy elogiosa del libro Aquella niña azul y otros cuentos, de la joven curadora de arte Juliana Vélez. Eugenio Gómez Borrero creó la Plataforma para la Investigación y Creación de Artes, Cinespina, y presentó el documental María de los esteros en el Festival de Cortos de Bogotá (julio de 2018).

Los profesores también hicimos la tarea. La profesora de poesía, la venezolana Betsimar Sepúlveda, tuvo muchos invitados ilustres en su programa ‘Poesía en la Esquina’ (Jotamario, la guatemalteca Negma Coy, José Zuleta, William Ospina) e intervino la semana pasada en Estrasburgo, en la sede del Parlamento Europeo. Su ponencia giró en torno a una plaga formidable, los populismos de extremas. Luego presentó su libro de poesía en Lecce, Italia, y habló en un congreso venezolanista, en Roma, contra el chavismo, la variedad venezolana de la susodicha plaga. Yo estoy haciendo una adaptación de María para niños, ¡la primera en 150 años! (las ilustraciones son de Jorge Restrepo, el hiperrealista que hace las caricaturas de Semana). Publicaré con El Bando en diciembre El cerebro y la rosa, un libro de ensayos, y con Random House en febrero Sacrificio de dama, una colección de cuentos y ensayos.

Estas realizaciones son significativas y nos enorgullecen, claro, pero lo que en realidad nos importa en el taller son las palabras y los conjuros precisos para que nos obedezcan y se alineen y formen cuentos que conjuguen ingenio y tensión. Y crónicas que tengan la poesía y la humanidad necesarias para que el periódico de ayer siga siendo legible, para que la noticia no muera, para que no todo sea pasto del olvido. Y ensayos de divulgación para que el hombre de la calle pueda asomarse a los laboratorios de los sabios, esos palacios de precisos cristales. Y crítica literaria, donde el aprendiz aprende un quehacer crucial, el arte de tachar.

En febrero iniciamos un nuevo ciclo del taller. Allí volveremos los prosistas a lidiar con la polisemia de las palabras, los poetas a aprovechar esa providencial ambigüedad semántica, y todos, prosistas y poetas, a sacarle jugo a ese antiguo instrumento que nos tocó en suerte, la lengua española.
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