domingo, 1 de febrero de 2009

"Silencio de neón". Por Lina María Pérez. Rulfo RFI, 1999

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Silencio de neón
Por Lina María Pérez Gaviria

PREMIO INTERNACIONAL DE CUENTO JUAN RULFO 1999*
Radio Internacional de Francia - Instituto Cervantes
MODALIDAD: CUENTO NEGRO
NTC … agradece a la autora la autorización para publicarlo.

Nos cubre un ala tenebrosa y dulce;
es una sombra -amor-, una celada...

Amanda Berenguer
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La excesiva sonrisa del hombre Marlboro lo embistió. No había manera de evadirla. La valla publicitaria ocupaba su espacio visible. Y lo invadió la mirada arrogante y segura del fumador. La sentía dirigida sólo a él en ese juego íntimo y morboso con las fotografías callejeras con las que acostumbraba distraerse; reconocía el truco visual a medida que se movía lentamente en el denso tráfico. Cómo le molestaba ese invulnerable aplomo del hombre retratado. Y esas praderas de ensueño por las que cabalgaba en su ámbito de mentiras e invitaba a saborear el placer del mundo Marlboro. La parálisis en la vía sería de unos veinte minutos. Otras veces estaba mejor dispuesto para enfrentarlo, pero hoy no. Había calculado cada palabra, cada gesto para que las cosas salieran según lo planeado. Apagó el auto y se rindió ante la ofensiva altanera y forzosa del cartel. Decidió desafiar al hombre que desde sus dos dimensiones planas lo seguía observando. Es sólo una fotografía, se dijo, es nadie, no lo conozco, no tiene nombre, y si lo tiene, no es el de Fabricio Marroquín. Continúe Usted, señor Marlboro, fume todo lo que quiera, no, gracias, yo no fumo; y mire Usted: esta caótica ciudad, nada tiene en común con sus praderas mentirosas y su cielo azul. Y esa sonrisa Hollywood no logra conmoverme, y su ceño arrogante a lo far west no me afecta. A ver, porque, ¿quién es Usted para meterse en mi mundo que sí es real? En su paisaje ilusorio no existen reglas distintas a las de su perspectiva plana en la que el sol brilla 24 horas, y en ella, su espíritu también plano, no tiene alternativa diferente a la de continuar sin alteración la misión de persuadir el lento suicidio vía Marlboro.
-No me prestas atención, Fabricio. - rezongó Adelaida. -Te hablaba sobre la agenda apretada que me espera en México.

Fabricio la había escuchado aburrido, hasta que una tregua de la monótona verborrea le permitió olvidarla del todo para distraerse con la valla publicitaria. El impacto de la voz de su esposa interrumpió su diálogo con el fantoche del cigarrillo y retornó a su propio paisaje desolado. Enfrentó a la mujer con la que había compartido apaciblemente los últimos once años. Tenía planeado emplear el trayecto entre su casa y el aeropuerto para confesarle su amor por Meliana. Se había llenado de coraje pero la arrogancia del hombre Marlboro frustró su cometido y se trastabillaron las palabras. Le pidió un divorcio civilizado.

La respuesta de Adelaida fue un silencio radical que lo dejó desarmado frente al otro silencio, el del fumador altivo de neón. Las facciones de su mujer parecían de cera pero su temple no se desmoronó. Después de unos minutos sin fin, repitió en un eco tardío:
-Un divorcio civilizado...
-Adelaida, esto no es fácil para mí... Las cosas se dieron a pesar de... - La pradera y el cielo azul del anuncio que escondía la congestión urbana no aliviaron su desasosiego. La fortaleza de su esposa lo desarmó. Hubiera preferido calmar su llanto a claudicar ante su gesto arrogante con el que pretendía salvaguardar esa cosa inasible llamada dignidad. También habría soportado una diatriba sobre la infidelidad, el engaño, la desolación. Pero Adelaida no es de las mujeres que se conduelen con facilidad. Él lo sabía sin ambages.

-Esas cosas suceden. -El tono era evidentemente cínico pero mesurado. -No hay lugar para rencores ni recriminaciones.- A Fabricio le incomodó esa compostura. La alusión a los acuerdos legales no pareció alterarla. Y hasta agradeció que se lo contara, que su prima Meliana era así, algo desvergonzada, como la mayoría de los jóvenes; le aseguró no ser de las que se dejan acorralar por los celos. -Al fin y al cabo los matrimonios cumplen sus ciclos.- Se impuso de nuevo el silencio. Fabricio pensó que no tenía razón para asombrarse. Adelaida era de una pieza, sin sentimentalismos. Se sintió indefenso ante la reacción de su mujer, pero había pasado lo peor. Pronto mandaría al diablo sus aprehensiones, y con Adelaida en México, la disolución de su vínculo tomaría un curso legal rutinario. Reanudó la marcha del auto dejando atrás al presumido del cigarrillo con sus volutas estáticas.

De regreso a su casa desde el aeropuerto quedó atrapado en el intenso tráfico de las seis de la tarde. No experimentó contrariedad sino alivio. Podía reflexionar, desembarazarse de la desazón. Y entonces la vio más insinuante que otros días. Iluminada de neón, semidesnuda y voluptuosa, la mujer del aviso enorme de Johny Walker le ofreció un vaso de whisky. Y no sólo quiso aceptarlo, sino meterse en ese espacio creado para ella, acariciarla, besarla, llamarla con un nombre que no fuera el de Adelaida ni el de Meliana. Confesarle su deseo de quedarse para siempre con ella en esa realidad de dos dimensiones en la que podría, una y otra vez, recibirle el vaso de cristal; tal vez embriagarse con ella, poseerla sin reservas y apropiarse de esa sonrisa de estudio de fotografía. A ella no tendría que mentirle, ni esconderse, ni hacer promesas que estuvieran más allá de sus prejuicios, de sus miedos. Le hablaría sobre la encrucijada que hasta ese momento lo condenó a poner a prueba su temple con el atropello de incertidumbres y certezas, deleites y temores. Parecía una boba de pasarela, un fraude de carne y promesas de silicona, pero tendría alguna neurona para comprender que había sido educado para un compromiso matrimonial vitalicio. Desde la aparición de Meliana, todas sus convicciones, la comodidad de una existencia de afectos mullidos se había venido abajo. La bocina del automóvil detrás del suyo lo sacó de su trance y emprendió la marcha bajo la mirada cómplice de la mujer con su vaso extendido a la nada.

Había transcurrido más de una hora desde que dejó a su esposa en el aeropuerto y la oscuridad traía un aire de renovadas redenciones. Dedicó un instante para pensar en Adelaida antes de tomar la decisión de olvidarla del todo; lo irritó el recuerdo de su compostura imperturbable con la que esperó la llamada a abordar el avión. Admiraba de ella su inteligencia, su agudeza y mesura para solucionarlo todo. No tenía quejas de su mujer. En once años de apacible matrimonio nunca había pensado en terminar su unión. Adelaida era, además, una reconocida etnóloga de lo cual él se había sentido orgulloso.

-No olvides cerrar la calefacción y cuidar las plantas.- Le dijo ella con tono acostumbrado. -Ah! dejé algunos alimentos preparados y una torta de vainilla en el horno, en estos momento resulta discordante, pero es esa de vainilla que tanto te gusta. - Y le reiteró antes de subir al avión su deseo de terminar su matrimonio sin adversidades. La actitud de su esposa, si bien parecía razonable, despertó en él un sinsabor que no se disipó con la erótica fantasía de la mujer del whisky. Y ese mismo sinsabor lo seguía perturbando cuando entró a su casa y contempló a Meliana. Había puesto velas de aroma en la sala, copas de vino y música suave. Conocía el repertorio de ternuras y audacias amorosas en las que siempre caía prisionero, dulcemente prisionero.

- Por fin nos deshicimos de ella.- Lo abrazó morbosamente después de depositar los dos platos de torta. Ella tomó el suyo y comenzó lentamente a saborearlo. –Haremos el amor como salvajes, pero antes, brindaremos por nosotros y por una larga estadía de Adelaida en México.- Con el plato ya casi vacío, procedió a liar un pase de polvo blanco que él rechazó. Fabricio no probó su pastel. No estaba para vainillas ni éxtasis artificiales, ni las euforias desbocadas de Meliana. Sentía una urgente necesidad de sosiego, de poner en orden sus impresiones. Le turbaba la forma impasible con la que Adelaida escondió cualquier asomo de aflicción. Eludió esa sospecha punzante de los últimos meses, con la cual estaba convencido de que su esposa supo del engaño y fingió ignorarlo. Adelaida se había marchado, disfrutaba de la compañía de Meliana y ya no había motivo para afligirse.

Meliana se sumía lentamente en su mundo narcotizado. Insinuó una sonrisa y cerró los ojos un tanto vidriosos. Se entregó a una placidez indefinible y con movimientos lerdos acomodó su amodorrado cuerpo en posición fetal. Fabricio la observó arrobado y le pareció conveniente aplazar el sexo. Desde su primer encuentro, cinco meses atrás, tuvo que soportar, a su pesar, sus rituales apremiantes al consumir cocaína. De un lánguido tono de voz salían frases deshilvanadas... “la prima sosa ya no estorbará...”, “México es una ciudad para exilados...” Mientras Meliana se sumía en el letargo causado por el soporífero, Fabricio recordó aquel martes de abril, cuando ella se metió sin remedio en su vida.

-No la quiero aquí por muy prima tuya.- Alcanzó a decirle a su mujer con la esperanza de escapar de los estragos causados por el primer impacto de su apariencia desparpajada.- No parece una mujer desvalida como para no quedarse en un hotel.
-Es solo por unos días. Cuando termine el documental regresará a Medellín. Se harán buenos amigos y un pequeño cambio en nuestras vidas nos hará bien.- Insistió Adelaida.

Esa noche, de aquel martes insidioso, de aquel abril disparatado, a la hora de la comida, Fabricio ya estaba cautivado por ella; se sintió dominado por un flechazo certero y letal como si en su aliento, en sus gestos, viniera enredada una maldición. La intensidad de la fascinación por Meliana convirtió a su esposa en un ser invisible, un fantasma menor. Su desenvoltura fresca y jovial era una briosa cascada de voz y piel y olor y palabras y señales voluptuosas que conmocionaron su mundo estrecho y monógamo.

-El documental está casi terminado.- Meliana hablaba a Fabricio clavándole los ojos. - Faltan las entrevistas de consumidores callejeros de droga. Pretendemos sumarlo a las campañas para derrotar el flagelo de los narcóticos; me refiero, para aquellos que constituye un flagelo.- Sus palabras quemantes lo devoraban al igual que su mirada descarada y que un Fabricio indefenso correspondía en medio del eco de las historias de Adelaida sobre rituales y leyendas de comunidades primitivas. Ya para ese momento, sus ideas sobre la fidelidad se vinieron abajo.

Adelaida era una mujer a la que no se podía engañar. Su entereza de carácter le daba una férrea fortaleza. Alardeaba que los matrimonios son acuerdos de conveniencias en los que sus socios deben desempeñarse sin ahogos ni concesiones sentimentales. Pero detrás de esa Adelaida, Fabricio percibía a una mujer vulnerable y profundamente dependiente del afecto y del vínculo sexual que la colmaban de satisfacciones. Sin embargo, era una mujer de concepciones liberadas y su contacto con culturas alejadas de ortodoxias y convenciones había desarrollado en ella un sentido práctico y un tanto primario para resolver sus asuntos de acuerdo con sus impulsos.

Al día siguiente de su llegada, Meliana lo abordó sin reservas y lo acorraló con su sexo desaforado y un pase de coca. Para su sorpresa, él la retribuyó sin recurrir al atajo de ningún escrúpulo. Aceptó el polvo blanco y se entregó a un apacible sopor.
-Te creí abanderada de la lucha contra las drogas. He sido muy cauteloso. Hace años supe escapar a tiempo de la hierba, y la coca no me atrapó.- Era su voz insegura. Se sentía extraño, trenzado a las piernas de una mujer ajena a Adelaida, sobre el piso de alfombra de su propia sala y metido en una piel que no parecía la suya, con temor del sortilegio que emanaba de Meliana y de los efectos de la droga. Poco a poco, de la mano de la joven, se dejó llevar por la placidez ficticia y cayó en un embotamiento con el que mandó al demonio la voluntad y los prejuicios.

-Abanderada de nada que no me produzca gozo. Y de aquí en adelante de tus cautelas, de esas máscaras de marido modelo de Adelaida.- Sus palabras desparpajadas evidenciaron a Fabricio una osadía que hirió de muerte su razonable estabilidad matrimonial.

Y entonces comenzó el caos. Lo que inicialmente pareció una aventura pasajera se fue convirtiendo en un sentimiento delicioso y a la vez un tormento desmesurado dentro del cual, y durante lentos cinco meses, Fabricio se dejó conducir en un remolino de locura. Su existencia, hasta ahora ordenada por la comodidad de sus costumbres, se vino abajo. Regresaba a la casa a escasos minutos de salir para encontrarse con Meliana, o acudía a citas a horas imposibles y en lugares a los que nunca hubiera imaginado ir. Su trabajo en el despacho de abogados marchaba a la deriva.

Fabricio Marroquín ejercía como penalista con un prestigio reconocido. Se preciaba de tener un instinto certero que le permitía analizar las motivaciones de sus defendidos para cometer los crímenes más execrables. Y creía tener todas las respuestas sobre la conducta humana. Por eso no comprendía las razones de la pérdida de su serenidad. Dejó de ser él mismo entre los apremios para corresponder la voracidad de Meliana y las acrobacias falaces con las que soportaba la indescifrable inocencia de Adelaida. Su vida, una incertidumbre cada vez más difícil de dominar. Estaba acorralado entre las dos mujeres.

Lo atemorizaban los fluctuantes estados de ánimo de Meliana. Los efectos de la droga la convertían en presa de los más terroríficos sentimientos. Meliana tenía la convicción de que su prima no era tonta como para no percatarse del engaño. Con perversidad se vanagloriaba de ello. Subestimaba las actitudes de Adelaida. Su amante se desvanecía en el mismo aire que ella respiraba sin reaccionar. Fabricio compartía esa inquietud pero no la alimentaba. Quería creer que nunca serían descubiertos. En Meliana, la obstinación de sus impulsos podía tomar cauces difíciles de prever. Fabricio la tranquilizaba con la promesa de que al regreso de Adelaida de su viaje a México, él enfrentaría los asuntos legales y regularizarían su relación. Ella lo escuchaba escéptica mientras inhalaba con propiedad y sin reservas el polvo blanco.

-No nos esconderemos más y no tendrás que recurrir a eso... se oyen cosas a cerca de la dependencia, sobredosis, y los problemas para conseguirla...
-Ni lo uno ni lo otro. Eso es para los pobres diablos. Tengo los contactos necesarios...
Quiso alcanzar el plato de torta de vainilla, pero se vería obligado a desacomodar el cuerpo de Meliana. Sintió un asomo de remordimiento. En esa tajada solitaria de crema azucarada había una historia de complicidades que había compartido con Adelaida. ¡Al diablo la vainilla y sus señales del pasado! Acurrucada a su lado, con los ojos cerrados y el cuerpo desgonzado, su Meliana parecía una criatura indefensa. ¡Qué lejos estaba de serlo! Todo en ella era desmesurado, imprevisible, atrevido. Su modo de existir, de ser mujer, de abordarlo, de sacarlo de su estrecha vida reglamentada por el color de sus corbatas, las noticias de ocho a nueve, su tarjeta de crédito y la apacible compañía de Adelaida. Meliana volvió su mundo al revés. Renovado como hombre había reencontrado matices insospechados del amor. Su proceder contrastaba con la extremada cautela que ejercía frente a Adelaida. Debía actuar como el marido corriente, imperturbable ante la presencia de Meliana.

La estadía de la joven se prolongaba por retardos en el documental, fáciles de justificar. Pero la convivencia con las dos mujeres se convirtió para Fabricio en un pequeño infierno, una prolongación del que llevaba por dentro. ¿Acaso simulaba Adelaida frente al engaño? ¿Preparaba una venganza? ¿Quizá Meliana, en medio de su obsesión lo utilizaba como un capricho pasajero y al cabo del tiempo terminaría abandonándolo? Sus dudas cedían al ver la capacidad de Meliana para fingir ante Adelaida y la manera como las dos mujeres se entregaban a una estrecha camaradería hasta ignorarlo a él por completo. En los momentos de pasión, Fabricio y Meliana se amaban sin reservas en un apasionado diálogo de cuerpos. Así confirmaban la evidencia de su mutuo sentimiento posesivo que en medio de sus dudas le resultaba genuino.

Puso el plato sobre la mesa sin probar. Con el olor a vainilla volvió a la realidad y cayó en la cuenta de que había mandado al diablo once años de matrimonio. Observó a Meliana pálida y desvanecida en su sueño narcotizado. Dócil e indefensa, mostraba una imagen contraria al vigor de su ánimo siempre impulsivo. La arropó con una manta y salió a tomar el aire nocturno satisfecho con el rumbo sosegado previsto para su vida. Adelaida, sin haberlo recriminado, estaría aterrizando en México, y la mujer que amaba, en la sala de su casa. Un aperitivo lo entonaría y daría tiempo a Meliana para recuperar el ánimo.

Pidió una copa de Brandy en El Cerrejón, el café acogedor que había dejado de frecuentar. Calculó su regreso. Imaginó la reacción desparpajada y feliz de Meliana al enterarla del rompimiento con Adelaida. Se proponía una lucha sutil contra la dependencia de Meliana hacia la droga. Mañana mismo podría inscribirla en una clínica de toxicología. La estabilidad y el sosiego que preveía para sus relaciones darían razones para aceptar el tratamiento. Se habían acentuado sus temores sobre la conducta de la joven. Lo asustaban sus cambios de ánimo, sus ideas fijas y sobretodo, la euforia con la que desplegaba sus sentimientos; si bien lo hechizaba, no dejaba de suscitarle una prevención aún indefinible.

Con el alivio quemante del brandy pensó en la noche anterior cuando tuvo a las dos mujeres a disposición de sus impresiones. Las midió con intensidad dejando de lado el embrollo que embotaba la razón. Se vio a sí mismo como un necio carente de fundamentos para sus dudas y temores. Su esposa cocinó con usual esmero. Para Adelaida el arte culinario debía desempeñarse como un ritual. Muchas veces él se deleitó con sus argumentos sobre la relación entre los actos humanos y el significado de los alimentos, y cómo, a través de ellos existe una especie de catarsis, o de purificación según el caso. La fluidez con la que su mujer se ocupó en la preparación de la cena, espantó sus dudas y le dio la confianza para proponerle el divorcio camino del aeropuerto al día siguiente.

La conducta de Meliana también lo tranquilizó. La joven alardeó de un talante gozoso, festivo; parecía genuino y no estimulado por narcóticos. Para Fabricio fue una seña inequívoca de que las cosas se encaminaban a su favor. El viaje de Adelaida significaba para Meliana la posesión absoluta de Fabricio. Estaba resplandeciente. Solícita, se obstinó en ayudar a empacar el equipaje de Adelaida; iba y venía muy jovial, entre el “alcánzame la vainilla y no olvides poner la bufanda para el frío de México” de Adelaida.

Con la cálida sensación del brandy repasó la cena sin tropiezos. Meliana incitó a su prima a desplegar su sabiduría sobre culturas primitivas, y ésta, con un sobrado tono académico, habló de ritos y costumbres. Mientras Fabricio y Meliana intercambiaban miradas, Adelaida enfatizaba sobre hábitos de algunos aborígenes del Pacífico que resuelven sus dificultades con una justicia personal para vengar el honor perdido o los ultrajes a la dignidad.

- Es una especie de maleficio con el cual, el ofendido ejerce el derecho de imponer un castigo al culpable del agravio, y sin ningún límite para procurar el mayor mal... Es una forma de legitimar la venganza…. Una perversa venganza…
- ¡Entonces brindemos por el maleficio y por el aire de México! - Le interrumpió Meliana con una desvergonzada carcajada, a la cual se sumaron Fabricio y Adelaida. Se pasaron de copas. Fabricio las observó aliviado. Al día siguiente, a la misma hora, habría resuelto sus perturbaciones e iniciaría una nueva vida con Meliana.

Camino a casa se dejó llevar por una grata sensación de serenidad y voluptuosidad a la vez, que lo dispuso para el deleite del amor. Fabricio apuró el paso en un estado de evidente excitación. Se detuvo un instante ante el lejano resplandor del hombre Marlboro y de la mujer del Johny Walker, sus asiduos interlocutores nocturnos. Le pareció como si cada uno lo señalara con su silencio de neón. Era mejor ignorarlos. Tenía la convicción de ser un triunfador y no se iba a dejar intimidar. Les dio la espalda, y caminó empuñando las llaves de la puerta.

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La autopsia de Meliana certificó muerte por sobredosis de cocaína. Fabricio, confundido y con un escalofrío que se extendió por todo su cuerpo observó la sala vacía. Los rastros de las velas a medio consumir lo conmovieron. Unas horas atrás, todavía entonado por el brandy del El Cerrejón vio cómo se llevaron el cadáver de Meliana. En el mismo lugar reposaba la manta solitaria con la que cubrió, sin sospechar, el cuerpo moribundo. La luz del día lo enfrentó a un desasosiego insoportable. Dejó sonar el teléfono hasta que decidió contestar.
- Habla el comisario Gamboa de la ciudad de México.- La voz es fría e imperiosa. - Su esposa, Adelaida de Marroquín está detenida por un delito, un grave delito, contra el estatuto de estupefacientes... Me escucha, Señor Marroquín?
-Le escucho.- Responde con dificultad un Fabricio aterrorizado. Llevaba horas sin pensar en la ausencia de su mujer.
-Cinco kilos de cocaína de alta pureza entre su equipaje...- El énfasis morboso no da lugar a dudas.- Según las normas, ella tiene derecho a hablar sin testigos. Son tres minutos reglamentarios.
-Fabricio... Me sorprende encontrarte…- La voz de Adelaida suena apagada pero resuelta. -Lo supe desde un principio. Era difícil no notarlo. Y lo de mi maleta… Una artimaña perversa pero impecable... los felicito. Meliana se dio su maña. El abogado dice que son alrededor de diez años...
- Meliana ya no está.- Dice Fabricio con el dolor de pronunciar su nombre.- Durante la noche murió de sobredosis....
-¿Sobredosis? –Adelaida, descompone las palabras en sílabas claras y rotundas que lo aterrorizan.- De vainilla y katare, Fabricio. Un veneno sabio y contundente inventado por unos nativos del Pacífico. No deja huellas. Se mimetiza, con la coca, con la vainilla, con el vino...., con la sangre... - Su voz triunfante y depravada añade: - El maleficio, ¿recuerdas?... es el castigo.... hay daños que no tienen perdón...
Fabricio se cobija con la manta. El pánico comienza a tener un amargo sabor a brandy trasnochado.

FIN

PREMIO INTERNACIONAL DE CUENTO JUAN RULFO 1999*
( Radio Internacional de Francia- Instituto Cervantes) * ( http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/juanrulfo/1premios.htm y
http://www.sre.gob.mx/francia/resul.htm )
MODALIDAD: CUENTO NEGRO

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* Hasta la fecha este premio lo han ganado seis colombianos. NTC … prepara una publicación especial sobre sobre este tema que incluirá: los textos de los cuentos y reseñas de los autores, entre ellos : Enrique Serrano (1986), Julio César Londoño (1998) y Lina María Pérez (1999).

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Actualizó: NTC … / gra . Febrero 16, 2009 1:56 PM

2 comentarios:

C. Restrepo dijo...

Aunque hay temas interesantes, en lo escrito se detectan varios errores de sintaxis, muchas disonancias y poco brillo literario. Da la impresión que los jurados no se fijaron en las fallas gramaticales. Bueno... eso pasa con frecuencia en algunos concursos, aunque les hacen daño a los autores que despues del premio se creen lo máximo y no mejoran.

Diego Sangri Marín dijo...

C. Restrepo es de los tontos que miran el dedo, pero no alcanzan a ver la luna.