miércoles, 9 de mayo de 2018

Flores para Romero. Por Jotamario Arbeláez. Contratiempo. Mayo 9, 2018

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Contratiempo
Flores para Romero

Por Jotamario Arbeláez
Nacimos en el mismo barrio de Cali, en San Nicolás, a cuatro cuadras y tres años de distancia comenzando la década del 40. Hicimos la elemental en la misma escuela de San Nicolás, llamada República de México. Dimos vueltas por el parque de San Nicolás atrapando novias la noche de los domingos, que era cuando las niñas lindas bien ataviadas salían a tomar el fresco y refrescos como nosotros. Nos colamos a matinés en el teatro San Nicolás donde sólo presentaban películas mexicanas donde por cualquier quítame allá esas pajas los actores les cascaban a las actrices. Nos trasteamos casi que al tiempo hacia el barrio Obrero, donde comenzamos a echar paso en grilles de mediopelo como El Danubio Azul y la Terraza Belalcázar con las obreras de La Garantía y las vendedoras del Tía que él me iba heredando. Con los mismos pasos de baile y nuestras chaquetas de cuero negro aprendimos a defendernos de los atorrantes de barrio. Ingresamos al bachillerato en el Santa Librada College, como bauticé el colegio en el primero de mis poemas cuando me negaron el grado. Echamos piedra parejo, yo de 17 y él de 14 para tumbar al tirano Rojas Pinilla. Nos metimos de lleno en el nadaísmo cuando llegó el profeta Gonzalo Arango a predicar que al difunto Dios le había quedado mal hecho el mundo y lo único que nos cabía era acabárnoslo de tirar. Escuchamos al tiempo y apuntamos en la libreta para eterna memoria las declaraciones del vicerrector a la radio: “Yo no sé lo que es el nadaísmo. Lo único que sé es que es una cosa abominable”. Publicamos en el semanario Esquirla nuestros primeros poemas y en el Bar de Efraín conocimos el otro lado de la realidad fumando cannabis. Robamos alternativamente de las librerías volúmenes que nos prestábamos de Michaux, de Milozs, de Pessoa, de Maiacowsky. Nos leíamos los textos inéditos para darnos el visto bueno y advertirnos de dónde procedía cada verso. Para contrarrestar a los krishnamurtianos del grupo que para alejarnos de Gonzalo Arango decían que no había que seguir a ningún líder como lo ordenaba el Maestro, nos allegamos al zen explicado, para acabar de confundirnos, por Chang Chen-Chi. Cuando yo decidí emprender el viaje interior, es decir, al interior de las chicas que engatusaba, él tomó el camino de la aventura con los pies y las manos limpias y enrutó sus pasos por Suramérica, saludando de mano a sus poetas mayores, llegando hasta el cono sur, y volteando por el Brasil hasta parar en Venezuela, donde comenzó a desenrollar su escritura en forma, se enamoró de Constanza, una ninfa griega y viajó a los Estados Unidos donde se ha desempeñado como docente de literatura latinoamericana y nadaísmo, primero en Pittsburg y luego, por más de 30 años, en Cincinnati. Es Armando Romero, a quien hoy Colombia está homenajeando.


  
         Ha publicado más de 30 libros, ha sido traducido a una docena de idiomas, ha viajado por mundo y medio, se ha codeado con escritores de culto, ha recibido el doctorado honoris causa de la Universidad de Atenas, ha dormido en la cama de Pessoa, ha sido prologado por Álvaro Mutis, quien le confió que Gaitán Durán había decidido dejar la dirección de Mito en cabeza de Gonzalo Arango –que ya era el único mito viviente en Colombia–, porque los nadaístas eran la verdadera herencia de la revista, y por ello les dedicó el último número, ha divulgado en libros y conferencias la ideología, si así puede llamarse, del nadaísmo, único movimiento en el mundo que se salvó de la muerte de las ideologías precisamente por no tenerla. En sus cartas me preguntaba: “¿Por qué será que para Colombia no existo?”.  
         A pesar de que en nuestra juventud nos burlábamos de los homenajes como antesalas del acabose, se ha precipitado la avalancha de estos al nadaísmo. Cosa que no tenemos ya por qué rechazar. Ni Cioran que fuéramos. Hacerlo sería el colmo de la pedantería, de la arrogancia, virtudes occidentales que ya no nos cuadran. Ahora nos aplauden por las cosas malas que hicimos en contra de las buenas costumbres porque las hicimos bien hechas. Lo único que en este momento rechazaríamos sería el Nobel, no por no compartirlo con gloriosos o cuestionados compatriotas, sino para que nuestros contados enemigos no aleguen, como de costumbre, que ha sido por gracia de jurados colegas, en este caso de incorrecciones sexuales.



La Feria Internacional del Libro de Bogotá hizo en pleno el homenaje al Nadaísmo presentando un alud de libros de diversas editoriales. Un reconocimiento a todos y a cada uno de los integrantes de la cofradía, “vivos, muertos, o borrachos”. Y en la misma feria, gracias al gesto retrovisor y visionario de Rafael Del Castillo, lo hizo el Festival Internacional de Poesía de Bogotá con el poeta Armando Romero, con el poeta mexicano José Ángel Leyva como ponente, en ceremonia que replicaron y están replicando la Universidad Nacional de Colombia, (la Casa de Poesía Silva, ¡ánima bendita!, le cerró las puertas al poeta homenajeado), la Bolivariana de Medellín y Otraparte, casa del maestro Fernando González. Y en Cali la Universidad del Valle y el Santa Librada College, en el Auditorio Jotamario Arbeláez.


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