miércoles, 17 de julio de 2019

Diversidad de la literatura chocoana. Por Alfonso Carvajal Rueda. El Manduco*, julio 13, 2019. Quibdó (Chocó, Colombia). NTC ... Registro

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Diversidad de la literatura chocoana

Por Alfonso Carvajal Rueda*, carvajalrueda@hotmail.com



El Manduco**, julio 13, 2019. Quibdó (Chocó, Colombia)
https://elmanduco.com/2019/07/13/diversidad-de-la-literatura-chocoana/

Más que una panorámica el siguiente ejercicio es una selección: una selección de cuatro escritores nacidos en el Chocó. En principio quiero hablar de dos antecedentes. Uno es la invisibilidad, y el olvido, en que está la literatura chocoana en ya casi la segunda década del siglo XXI. La falta de divulgación, de una política cultural y editorial, del Estado y también del ámbito local, más la ausencia de una crítica literaria constante y seria y el bajo número de lectores que hay en nuestro país ayudan conjuntamente a ignorar esta literatura vigorosa, diversa, y que en algunos casos ha marcado diferencia en la narrativa colombiana contemporánea.
El otro antecedente es la fuerza de la literatura oral en el Chocó y en todo el Pacífico colombiano. Allí está el tesoro de las nuevas generaciones de escritores. En reconocer ese legado y llevarlo al campo de la memoria y la ficción: a través del texto histórico o literario. En literatura oral hay que reivindicar el enorme trabajo del maestro Miguel A. Caicedo, especialmente en su obra Del sentimiento de la poesía popular chocoana, recopilación que reúne la chispa y picardía de anónimos bardos raizales de finales del siglo XIX y principios del XX, en décimas, coplas, decires y cantares.  Patrimonio cultural que debe ser guía vital de los escritores, profesores y lectores del departamento.
Lo oral se ha vinculado al folclor, a un cuadro de costumbres y al terreno de la antropología. Y con la literatura se dará el paso al mito y a la ficción. A crear memoria escrita.
Voy a hablar de cuatro escritores y no de una literatura en particular. La buena literatura rebasa los espacios sociológicos y geográficos. En este sentido nos acercaremos a cuatro creadores, a cuatro lenguajes y maneras distintas de ver el mundo, que tienen en común su lugar de origen, y por supuesto, la literatura.

REINALDO VALENCIA es un escritor de culto. Nació en Quibdó el 15 de octubre de 1891. De origen blanco, le apasionaron desde muy joven el periodismo y la literatura. A tal punto, que en 1910 trajo una imprenta desde Nueva York a Quibdó, para difundir los acontecimientos culturales y políticos de su época en el periódico ABC, y publicar sus propias obras. Es decir, además de escritor fue un divulgador de cultura.
Según Luis Eduardo Nieto, Valencia fue uno de los más jóvenes miembros de la generación del Centenario. Jefe político liberal de su región, fue congresista de la República. Fuera del periódico ABC que tuvo 25 años de vida, fundó la revista Prosa y verso, en la cual colaboró el poeta nicaragüense Rubén Darío, y que también reprodujo traducciones de algunos poetas franceses del siglo XIX a cargo de Guillermo Valencia.
Entre sus obras se destacan Apostillas históricas, que relata literariamente el pasado del Chocó hasta principios del siglo XX; La cuna de Jorge Isaacs, donde plantea en una investigación minuciosa que el autor de “María” nació en Quibdó, y no en Cali. Este libro desató una intensa polémica en el Valle del Cauca y el prólogo es de uno de los traductores y críticos más significativos de Colombia: Baldomero Sanín Cano. En uno de sus apartes Sanín Cano dice: “Además de su mérito como obra histórica, el trabajo del señor Valencia se recomienda literariamente por razones de claridad, método, sobriedad y corrección del lenguaje”.

La obra de Valencia que vamos a explorar es Río abajo, publicada en 1920, con prólogo de un joven Eduardo Santos. Este libro que reúne crónicas, ensayos y cuentos, está escrito en una prosa pulcra, alejada de efusiones líricas tan comunes en su tiempo, donde la retórica era un lugar común, debido a la influencia del modernismo en Hispanoamérica.
Algo virtuoso de este libro, creado en mitad de la selva, es que rompe una visión localista, y nos acerca a una visión más extendida del mundo. Valencia es un escritor moderno y nos habla de la Primera Guerra Mundial, de los poetas franceses del siglo XIX, y de la vida cotidiana de Quibdó, con sapiencia y en un lenguaje sencillo, elegante y escueto.
Para finalizar este breve recorrido por Valencia, leeré un fragmento del ensayo “La novela”, en el cual vislumbramos una visionaria capacidad reflexiva con relación a la poesía y la novela que se hacía en nuestro país en la década del 20, y cómo algunos de sus puntos de vista siguen aún vigentes. Inspirado en una crítica del ironista Armando Solano, Valencia escribe:
“Ni la novela, ni el drama han logrado descollar en Colombia. La primera menos que el segundo, -haciendo excepción de la casualité de “María”, obra prima que, más que todo, es un poema. El segundo ha tenido cultivadores, sin éxito. El tema patriótico es el preferido, lo que da por resultado que todos se parezcan. Esto sin mentar a Álvarez Lleras y Laverde Liévano, que, dicho sea en justicia, lo han trajinado con bastante éxito. La poesía ha sido otra cosa, si bien no logran todavía nuestros bardos apartarse de los cantos amorosos, románticos, sentimentales, propios más bien de endulzar a son de tiple y exaltaciones de aguardiente, los oídos de la rolliza moza del poblado, en noches de plenilunio, que para llevar alimento espiritual a las primorosas niñas pálidas, raras como las orquídeas, que dan descanso al cuerpo, absorviendo drogas extrañas, éter por ejemplo, y perfumes exóticos, en los finos pañuelos de Holanda. Afortunadamente nació Silva; felizmente la cuna de Valencia se meció en Popayán; los ojos de Londoño se abrieron en Vianí, y el primer balbuceo de Farina lo escuchó la montaña”.


ROGERIO VELÁSQUEZ nació en Sipí, bajo San Juan, en 1908. Sipí viene de sibi, que significa tortuga en lengua Catía.  Velásquez es uno de los principales investigadores de la cultura chocoana. Se graduó de maestro en la Normal de Tunja, y estudió etnología en la Universidad de Popayán. Fue jefe de la sección folclórica del Instituto Colombiano de Antropología (ICAN), durante 12 años.

El caso de Rogelio Velásquez es excepcional: ¿Por qué? Aunque escribió libros históricos y de costumbres como El Chocó en la independencia de ColombiaGentilicios africanos en el occidente colombiano y Voces geográficas del Chocó en la historia, su obra cumbre es una novela: Las memorias del odio.
La intensidad del lenguaje, la pasión y la fortaleza que revela la gramática vital de este libro, más una aguda reflexión del ser negro en una época específica, que en últimas no es más que la fatalidad de la condición humana, la convierte en una obra conmovedora y trágica. Es su única obra de ficción, y no necesitó de más.
La novela está basada en un hecho real, que el paso del tiempo ha convertido en leyenda. Es la vida dramática y maunífica de Manuel Saturio Valencia, el último fusilado en Colombia por ley, episodio ocurrido la tarde del 7 de mayo de 1907 en Quibdó.
Hay varios móviles que marcan su vida: es un negro estudiado con y mucha inteligencia, metido de cabeza en un mundo dominado por blancos. Adiestrado en la carrera de Derecho en Popayán logra alguna posición jurídica en Quibdó; músico por naturaleza y alentado en su vocación artística por los padres claretianos escribe canciones alegres en verso. Se enamora de una mujer blanca de la burguesía quibdoseña, quien corresponde a su pasión. De esta relación que estremece los cimientos de la selva, nace una criatura: mitad noche, mitad día. Hasta ahí el cuento de hadas. El recién nacido es echado a las aguas del Atrato por manos siniestras del racismo y la intolerancia. Saturio pierde la fe en la vida y naufraga en el alcohol. Vuelve a tomar oxígeno y se enamora de una negra alazana: ella es la hija del compadre de sus padres. Pide la mano de la joven, y el compadre palidece, tartamudea, y un silencio grave se lo devora. Un sacerdote cuenta la verdad a Saturio: su padre biológico es el compadre, porque su verdadero padre hasta ese momento era estéril. El secreto sólo lo sabían su madre Tránsito y su compadre, quien en confesión se lo contó al sacerdote. Con esos ingredientes está listo el drama, que la pluma de Velásquez narra con enorme lucidez. Velásquez escoge el monólogo para dar fuerza a la estructura narrativa. En primera persona Saturio va construyendo su vida desde niño: relatando sus ideales, sus sueños y fracasos, hasta el momento que lo conducen al patíbulo.
El siguiente fragmento nos acerca al tono y al ritmo que abarca la novela en su totalidad:
“Para finalizar este capítulo de mi infancia, contaré que el balance de mis estudios se resume en cuatro años de luchas, hurtos de cuadernos, y de lápices, cuatro años de labranza interior. Mi aprendizaje fueron días de peleas con el espíritu que tendía a agacharse por el hambre que me salía al paso haciéndome más infortunado que las yerbas de los caminos que siempre tienen un trozo de tierra que las alimenta.
…Aprendí a leer en el jadeo minero escribiendo con carbones y barro pegajoso las tareas de la citolegia. Cuando esperaba el desayuno o la comida, imitaba signos, ataba palabras, muchas veces la luz de los faroles de gas o los ambiles, de los cocuyos errantes, o bajo el graznido de las lechuzas que rayaban el aire…
…La audacia y el ingenio me llevaron a ser el líder de los de atrás, de los de abajo. Con un poco de estruendo goberné la escuela e influí sobre mis compañeros. Por las bolas de cristal, trompos o cometas hice desafíos, di golpes, lloré. Era una fuerza ciega. Cuando tiraba a la cara de mis contendores su mal comportamiento, era porque iba a caer sobre mi presa con saña de felino”.


ARNOLDO PALACIOS nació en Certeguí en la década del veinte. Novelista excepcional, se marchó del país, impulsado por la violencia y los deseos de conocimiento que son la forma más lúcida de la libertad. Se casó con una condesa en decadencia, eso cuenta el mito literario, y vivió en un viejo palacete a las afueras de París. Entre sus obras se destacan La selva y la lluvia, traducida al ruso, y Las estrellas son negras, que infortunadamente no ha tenido la valoración literaria que se merece. Fue publicada por primera vez en 1949. Fuera de ser un canto conmovedor de la lucha entre la pobreza y el libre albedrío, es una de las primeras conquistas de la novela urbana en nuestro país. Y lo más paradójico, es que se inspira en una pequeña ciudad selvática: Quibdó de los años 40. Este drama tiene la virtud de contrastar la miseria con la prodigiosa naturaleza que la rodea:

“A través del callejón veía deslizarse perezosas las aguas del Atrato. El sol marchaba perezoso también a su poniente hastiado, tal vez del mismo recorrido diario, enrojeciendo de luz viva los árboles en lontananza… La calle exhalaba un vapor cálido, fastidiante, putrefacto. El pavimento resquebrajado, como las plantas de los pies de gentes enfermas del hígado, de mal de hígado… Y una mujer negra tambaleante, iba aferrándose a la pared con las uñas frágiles, pegadas con goma a los dedos flacuchentos del brazo esqulético… ¡Ah, un pueblo tan pequeño y habitado por gentes debajo de la miseria!
¿Qué hace esencial a Las estrellas son negras? Su lenguaje exuberante, castizo, que se combina con el dialecto vernáculo de sus protagonistas, pero sobre todo, su enorme espontaneidad. J.M. Restrepo Millán, escribió: “Pero lo mejor de este libro, como hecho artístico, es que todo ese cúmulo de dolor, y toda esa lucha, y sus personajes, y su escenario y su ambiente, son reflejo directo del natural… Sin el más leve soplo de intelectualismo que ha solido desvirtuar muchas tentativas de novela acometidas en Colombia”.
Una voz llanamente poética desde la selva, da la propia versión de los hechos, que sin acudir al pasquín narra con maravilloso realismo –no mágico- una historia casi inocente, porque el protagonista es un preadolescente, Irra, y el mundo lo vemos a través de sus ojos:
“Algunos nacemos para morir sin tregua… Otros nacen para la alegría. Son estrellas diferentes. Las de ellos titilan eternamente y tienen el precio del diamante. Y la mía, Señor, es una estrella negra… ¡Negra como mi cara, Señor”.   



CARLOS ARTURO TRUQUE.   Extraordinario cuentista que hay que recuperar del olvido. Nació en Condoto en 1927 y murió en Buenaventura en 1970. Su talento narrativo ha sido opacado en parte por su militancia política; el haber pertenecido al Partido Comunista Colombiano ha cubierto de sombras y prejuicios su gran obra cuentística.

Más allá de estos esquemas ortodoxos y extraliterarios, Truque es un maestro del relato corto, y las historias, que tienen en su mayoría un alto contenido social, al mismo tiempo, expresan una visión universal del ser humano. A través de sentimientos como el amor, la solidaridad, el asombro, la guerra, Truque nos acerca a la profunda y contradictoria naturaleza humana.
Uno de los más bellos cuentos es El día que terminó el verano, aquí quiero recordar algunas palabras del escritor y periodista vallecaucano Arturo Alape, refiriéndose a este texto:
“Es la historia de la sequía que fragua en el hombre la desesperanza. La dramática espera que acosa al hombre como si el hombre sólo tuviera el tiempo medido para sus recuerdos y añoranzas”.
Quiero leer el último fragmento del cuento para que tengamos una idea más nítida de la literatura de Truque:
“La mujer estaba en un prado, desnuda, revolcándose, ayudándose con las manos para que el agua la mojara por completo. Él la vio cómo era: gordita, llenita, de piernas gruesas. Al verlo parado, con el saco a la espalda, aguantando a pie firme la lluvia, rió infantilmente. Y él se dio vuelta y emprendió carrea, para seguir regando su maíz, con el alma alegre por todo: Porque José María se había ido; porque ella estaba ahora desnuda en el campo; porque él estaba sembrando bajo el aguacero que ella había traído para bañarse y para acabar, en esa forma, el largo e impiadoso verano”.
 Otros cuentos esenciales de Truque son “Vivan los compañeros”, “Las gafas oscuras”, “Sonatina para dos tambores”, “La diana” y “Fucu”.
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Este breve recorrido por algunos escritores chocoanos, más que reiterar que existe una literatura chocoana, quiere profundizar en cuatro autores con diferentes lenguajes, y que de una manera u otra han sido proverbiales en la narrativa colombiana. Además el título de la charla Diversidad de la literatura chocoana, quiere mostrar que el asunto de la biodiversidad en el Chocó también toca a la literatura. 
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Gracias al aporte del escritor Juan Fernando Merino,  
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NTC ... ENLACES:

NTC … 4 de junio de 2012
Allí: cita y acceso al libro completo "La cuna de Jorge Isaacs", de REINALDO VALENCIA

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EL ALMA DEL CHOCÓ EN CINCO TÍTULOS
Vivencias de los protagonistas de la vida del Chocó y el Pacífico colombiano, e imágenes cotidianas de hombres y mujeres en su entorno social, político y cultural desde principios de siglo hasta nuestros días, fueron recogidos en la Biblioteca del Darién que se presentó ayer en la capital chocoana. La colección de Colcultura, coordinada por el periodista Alfonso Carvajal, incluye en siete tomos obras inéditas o reeditadas con el ánimo de dar a conocer las expresiones literarias de importantes escritores de la región.
Por: YANED RAMIREZ

EL TIEMPO, 09 de abril 1994 , 12:00 a.m.

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Las estrellas son negras. ARNOLDO PALACIOS
Biblioteca afrocolombiana, Banco de la República

LIBRO COMPLETO:
http://babel.banrepcultural.org/cdm/singleitem/collection/p17054coll7/id/1/rec/1
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Vivan los compañeros: cuentos completos. CARLOS ARTURO TRUQUE
Biblioteca afrocolombiana, Banco de la República
LIBRO COMPLETO:
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Biblioteca de Literatura Afrocolombiana

http://babel.banrepcultural.org/cdm/landingpage/collection/p17054coll7
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